Opinión

El Chile que llegó solo

Foto: Dedvi Missene Dedvi Missene

En la última elección presidencial Franco Parisi obtuvo casi el 20% de los votos y el PDG consiguió 14 diputados. Cada vez que Parisi reaparece, el análisis político repite el mismo ritual, primero se sorprende, luego busca explicaciones por descarte y finalmente aparece una palabra que parece resolverlo todo: “populismo”. Pero rara vez surge la pregunta incómoda: ¿qué dice del sistema político que millones de personas lleven casi una década expresando algo que todavía no terminamos de entender?

Los datos de la Encuesta Casen son un punto de partida. Chile pasó de un 45% de pobreza en 1988 a un 6,5% en 2022. Ese proceso transformó profundamente al país. Hoy cerca del 75% de la población se identifica con los sectores medios. Y, sin embargo, buena parte de la política sigue hablando un lenguaje construido para otro Chile, anterior a las transformaciones sociales y culturales que el propio país experimentó.

La paradoja es especialmente evidente en la centroizquierda. Fue la Concertación la que produjo la mayor movilidad social de la historia, pero nunca terminó de construir un relato para el país que ayudó a crear. Amplios sectores dejaron atrás la pobreza, accedieron al consumo, al crédito y a formas de autonomía económica, pero siguieron siendo interpretados desde categorías asociadas a vulnerabilidad y exclusión.

El problema es que esa movilidad nunca vino acompañada de estabilidad. La clase media chilena vive una experiencia contradictoria, tiene acceso, pero no seguridad; propiedad, pero no tranquilidad; consumo, pero no garantías de sostenerlo. El endeudamiento, la inseguridad y el temor constante a retroceder produjeron una ciudadanía que siente que avanzó sola y que, si cae, volverá a caer sola también.

La izquierda tuvo dificultades para conectar con ese mundo porque esperaba que la movilidad social viniera acompañada de conciencia de clase, solidaridad e identidad colectiva. Cuando esa ciudadanía empezó a pensar en su hipoteca, su negocio y su seguridad, parte de la izquierda leyó aquello como una distancia de su proyecto original. La derecha, en cambio, entendió sus aspiraciones materiales y supo hablarle de emprendimiento, propiedad y orden. Pero tampoco logró construir un verdadero relato de pertenencia. Supo hablarles como consumidores o esforzados, pero nunca terminó de nombrarlos como parte de un sujeto popular propio.

A eso se suma otra transformación más profunda. La erosión de las mediaciones tradicionales. Partidos, medios, sindicatos y universidades perdieron capacidad de organizar identidades políticas estables. Hoy gran parte de la ciudadanía construye su mirada del mundo desde trayectorias individuales, consumo digital y vínculos fragmentados.

Por eso, probablemente el problema no sea solo la fragmentación política. Quizás el problema más profundo es otro: Chile cambió más rápido que las categorías con las que seguimos intentando interpretarlo.

Parte de la política empieza lentamente a asumirlo, aunque más por necesidad que por convicción. El gobierno de Kast, sin mayoría propia en la Cámara, necesita construir acuerdos para legislar. Y quizás no sea irrelevante dónde parte de esos entendimientos comienzan a buscarse. Mientras buena parte del sistema político sigue observando este fenómeno con incomodidad o desdén, Jorge Quiroz parece haber entendido antes que otros que existe un segmento amplio del país que lleva años sintiendo que nadie termina de hablarle realmente, y que parte de ese malestar, aunque de manera parcial, contradictoria o incluso difusa, encontró en el PDG un lenguaje que le resulta reconocible.

Los datos ayudan a entender esa intuición. Mientras la CEP 2025 muestra que el centro sigue siendo el espacio político donde la mayoría de personas se identifican, el estallido no consolidó una izquierda mayoritaria y el rechazo a sus consecuencias tampoco produjo una derecha hegemónica. En ese contexto, no parece casual que la encuesta Cadem de mayo de 2026 sitúe al PDG como el partido percibido más cercano al centro político.

Tal vez el problema no es solo un liderazgo o un partido que muchos consideran populista o excéntrico. Tal vez el problema es que existe un Chile que emergió hace tiempo y que la política tradicional todavía no termina de interpretar, porque no quiere o porque no puede.

Por Natalia Piergentili, directora de asuntis públicos del Feedback.

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