Pedro Cayuqueo

Pedro Cayuqueo

Periodista y escritor

Opinión

El Comando Jungla

jungla
El denominado "Comando Jungla". Foto referencial.

Quien propuso la creación del llamado “Comando Jungla” tiene un sentido del humor bastante retorcido. No dejo de pensar se trató de una mala broma que el presidente Sebastián Piñera insólitamente terminó tomando demasiado en serio. Pasa que nadie que conozca el conflicto en las regiones del sur puede suponer que esto, en 2018, se arregla con más carabineros. O bien con comandos entrenados en la selva.

Wallmapu no es Colombia, La Araucanía no es Colombia. Acá no existen ni las guerrillas de izquierda ni los poderosos carteles de drogas que “los jungla” originales han combatido por décadas en el país cafetero. ¡Si ni siquiera tenemos jungla! A lo más cerros de pinos y eucaliptus que tampoco califican como bosques. Se trata de plantaciones exóticas donde no merodean ni los conejos.

Pero alguien tuvo la idea y el mandatario, vaya uno a saber las razones de fondo, la compró de manera entusiasta.

La puesta en escena resultó para muchos perturbadora. A primera hora Piñera y un abrazo de Maipú con emblemático lonko años atrás perseguido por terrorismo. Horas más tarde, Piñera junto a “los jungla” y tanquetas anfibias con las cuales otros lonko correrán la misma suerte del primero. “El garrote y la zanahoria”, tituló La Segunda. Doctor Jekyll y míster Hyde, cuando menos.

¿Ha disminuido la violencia desde la presentación del famoso comando? No que sepamos. En las últimas semanas cinco máquinas forestales ardieron en los campos del sur; dos en Collipulli y tres al interior de un fundo en Carahue, acciones más tarde adjudicadas por grupos radicales mapuche. De ambos atentados “los jungla” se enteraron literalmente por la prensa. En buen chileno, no vieron una.

Pero no seamos tan negativos. En sus registros si consta un operativo exitoso. Y su primera captura pública. Se trató de un campesino mapuche acusado de participar en una riña de curados en el sector de Bajo Malleco, epicentro de la llamada Zona Roja. Y a quién se le incautó una peligrosa arma de destrucción masiva; un cuchillo cocinero. Hasta el conservador diario Austral se mofó de la noticia.

¿Por qué los asesores de Piñera no le aconsejaron olvidar la represión y apostar por medidas políticas como en verdad nos enseña el modelo colombiano?

Además de reconocer en la Constitución Política de 1991 a los pueblos indígenas, Colombia garantiza a todos el derecho a la propiedad colectiva de sus tierras, al autogobierno de las comunidades, la enseñanza oficial y obligatoria de sus lenguas, la participación política vía cuotas en el Senado y el pluralismo jurídico, es decir, la existencia de una jurisdicción separada de aquella que rige al resto de los ciudadanos.

No, no se confundan, no estoy hablando de Bolivia ni mucho menos de Venezuela.

Hablo de Colombia, un Estado gobernado las últimas décadas por la derecha y que se desangró medio siglo en una guerra interna de la cual los pueblos indígenas fueron víctimas por partida doble; o los mataba la guerrilla acusándolos de colaborar con el ejército o bien el ejército acusándolos de todo lo contrario. Y por si no bastara, estaban también los paramilitares quienes nunca necesitaron excusas para asesinar a quien se les cruzara.

Tal vez ello explique los grandes avances de la actual Colombia en materia de derechos indígenas. Me refiero al tocar fondo como sociedad, Estado y democracia fallida. ¿Debemos esperar que algo así suceda en Chile para legislar reconocimientos constitucionales, participación política efectiva, oficialización de nuestras lenguas y reparación por el despojo territorial? Lo menos interesante de Colombia es el comando Jungla. Lo sabría cualquier político estudioso del continente y la región donde vive.

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