Opinión

El desafío demográfico en Chile

La caída de la fecundidad es uno de los fenómenos globales más relevantes del siglo XXI. En los países de la OCDE, exceptuando Israel, la TGF (Tasa de fertilidad Global: el número promedio de niños que una mujer tendría en su vida si las tasas de natalidad se mantuvieran constantes) está por debajo de la tasa de reemplazo (2,1 hijos por mujer) que es la tasa requerida para que la población se mantenga estable de una generación a otra suponiendo que no hay migración. Chile registra una caída de 3,7 puntos desde 1950 a 2025 —de 4,8 a 1,1— que es una de las más pronunciadas del grupo, solo superada por Corea del Sur (5,4), Costa Rica (5,0), Turquía (4,9) y Colombia (4,8).

A nivel global, en el 2024, Chile aparece en la octava posición entre las más bajas del mundo, por debajo de España (1,2), Alemania (1,5) y Francia (1,6). El promedio global es aún 2,25, fuertemente sostenido por África subsahariana. Esto implica que el mundo seguirá creciendo demográficamente en las próximas décadas, pero de forma geográficamente muy concentrada.

En nuestro país, la disminución de la TGF no es un fenómeno nuevo. Viene cayendo desde la década de los 60, alcanzándose la tasa de reemplazo aproximadamente en los 2000. La caída no ha sido lineal. Entre 1992 y 2005, descendió de manera gradual desde 2,51 a ~1,8: una transición demográfica esperada para un país en desarrollo con mayor urbanización y educación femenina. Entre 2005 y 2013 hubo relativa estabilización en torno a 1,7-1,8. El quiebre crítico ocurrió a partir de 2014: en apenas 10 años, la TGF cayó de 1,79 a 1,1. Esa caída no tiene precedentes en la historia demográfica chilena.

Los factores que explican la caída son múltiples y se refuerzan mutuamente: mayor educación femenina y acceso a anticoncepción, postergación del matrimonio y la convivencia, aumento del costo de la crianza en contexto urbano, inestabilidad habitacional que dificulta planificar familias, y —crucialmente— un cambio cultural acelerado en las preferencias reproductivas, especialmente entre mujeres jóvenes.

Las proyecciones a 2070 del INE muestran una alta incertidumbre. El escenario medio proyecta estabilización entre 1,2 y 1,5, lo que implicaría contracción demográfica moderada. El escenario bajo —que en los últimos años ha resultado más cercano a la trayectoria efectiva— apunta a una persistencia en mínimos cercanos a 0,7-0,8, comparable al Corea del Sur actual. Este escenario implicaría un colapso demográfico de largo plazo con consecuencias profundas sobre el sistema de pensiones, el mercado laboral y el crecimiento potencial.

La caída en la TGF se refleja en la natalidad. Los nacimientos en Chile cayeron de ~290.000 en 1992 a ~154.000 en 2024, una reducción del 47% en tres décadas. Esta caída se aceleró de forma notoria después de 2014 —cuando el número anual superaba los 240.000— y se profundizó con la pandemia. En 2020 nacieron 194.978 niños; en 2024 esa cifra llegó a ~154.000. No hubo recuperación pospandemia como en otros países: al contrario, la tendencia continuó cayendo. Cada año que pasa, hay aproximadamente entre 10.000 y 15.000 nacimientos menos que el anterior.

Sin embargo, la población total ha seguido creciendo gracias a dos factores: inercia demográfica (los adultos actuales son producto de una era de mayor natalidad) y, sobre todo, migración. Chile pasó de 13,8 millones (1992) a ~20,3 millones (2025). Pero el INE estima que la población alcanzará su punto máximo en torno a 2036, con ~20,5 millones, y comenzará a contraerse después. A partir de ese punto, el único factor que podría sostener el crecimiento demográfico sería una migración neta.

La reducción de los nacimientos tiene implicancias que se manifiestan con rezago: en 10 años habrá menos estudiantes en colegios, en 20 años menos trabajadores jóvenes ingresando al mercado laboral, en 30-40 años una proporción mucho mayor de adultos mayores dependientes. Estas tendencias de corto y mediano plazo deben informar hoy las decisiones de política pública en educación, pensiones, mercado laboral e infraestructura.

*El autor de la columna es decano de la Facultad de Economía y Administración de la PUC

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