Opinión

El fin del mundo

Foto: Aton Chile.

Es media mañana y veo una vez más una muchedumbre compacta y silenciosa avanzando por la vereda a paso resignado. Me imagino y confirmo la razón: la estación del Metro cerró por “una persona en la vía”, la expresión de protocolo usada para algo que cuesta nombrar. Viene sucediendo hasta dos veces por semana: veredas y paradas de micro repletas de transeúntes intentando llegar a un destino. Cada vez que ocurre, que esa marcha espontánea formada por desconocidos sale de las estaciones subterráneas a la superficie de la ciudad buscando una ruta alternativa, pienso que ese día fue el fin del mundo para alguien. La multitud silenciosa es una señal indirecta y rutinaria a través de la que se adivina una tragedia mayor: la vida rota de un desconocido es la razón de un trastorno en la rutina colectiva, del atraso de cientos de personas. Ese día para alguien hubo una hecatombe privada y anónima, un último alarido -recordando las palabras de Rodrigo Lira-, cuya consecuencia inmediata resulta ser una alteración del ritual cotidiano de la ciudad. Hay quienes se lamentan. Otros comentan que es un despropósito terminar de esa manera, ¿por qué no lo resuelven en privado?, ¿por qué cuando se lanzan no piensan en el conductor del tren o en los pasajeros a los que incomodarán? Sospecho que quienes formulan esas preguntas no conocen hasta dónde puede llevar la desesperación, el agobio, el sinsentido de despertar cada mañana con una estaca atravesando el pecho. Nuestra propia crueldad es algo de lo que nos cuesta tomar conciencia, la mayor parte del tiempo, porque es útil para mantenerse fuera de las vías del tren, a salvo, en el andén por el que circulan los sobrevivientes. Con nuestras palabras o nuestros silencios dañamos mucho más de lo que nos gustaría reconocer. Nos complace pensarnos “buenos”, a algunos les fascina presentarse al mundo como tales, usar incluso uniformes que lo anuncien; a esos yo los llamo los “buenitos profesionales”, un tipo humano de narcisismo mal disimulado que abunda en ciertos nichos ecológicos. Hay desde los que ejercen su vocación publicando frases motivacionales por sus redes sociales, hasta los más trepadores que pueden incluso intentar una carrera política de consejería universal pagada con fondos públicos.

Durante meses he pensado en la mejor manera de escribir sobre este tema respetando lo que la escritora argentina María Sonia Cristoff llama, irónicamente, los manuales de ética periodística, y a la vez resguardar el pudor necesario para referirme a lo irremediable. No querría usar el duelo de otros para lucir una conciencia espontánea por el dolor ajeno con palabrería cursi, o reproducir lecturas encontradas en las redes con recetas técnicas y recomendaciones de psicología de cocción rápida. No es fácil hablar del asunto, y escribir sobre el punto supone una dificultad aun mayor, porque siempre habrá alguien buscando en la entrelínea un último impulso, una señal que lo anime a tomar la decisión de terminar de una vez con algo que ya le resulta intolerable. Esa persona puede ser cualquiera. Lo sé porque desde niño he conocido de cerca personas que decidieron arrojarse desde su propio andén. Dos de ellos fueron amigos de adolescencia, compañeros de colegio, chicos vitales, inteligentes, alegres, los populares del curso, que me hacían reír como si de eso se tratara todo. Nadie hubiera pensado en esa época que de adultos decidirían terminar como lo hicieron, menos aún yo, que los admiraba tanto en sus muchas virtudes. Uno de ellos -padre de tres niños-, al que había dejado de ver por un tiempo largo, me envió un mensaje final que yo no tenía manera de interpretar como la despedida que fue.

La naturaleza humana es al mismo tiempo predecible y compleja, una moneda que mantiene siempre una cara oculta. El poeta surrealista Jorge Cáceres escribió unos versos que me recuerdan a esos amigos que perdí y me hacen pensar en lo que ellos sintieron en el último minuto: “Cuando me asomo al balcón despliego el quitasol oscuro de todos mis días pasados. De las horas que me acuerdo de los amigos de antaño. Los que me abandonaron y los que sigo queriendo. Ellos no saben que estoy cavando un pozo en el patio”.

No creo que haya una solución general para algo así. Una fórmula estándar. La vida le pesa a cada quien de un modo distinto, pero sospecho que hay algo en nuestro modo de convivencia que puede herir aún más de lo tolerable a ciertas sensibilidades; una manera de apuntar a las cicatrices, de rozar las heridas, de desatender al que fracasa, de castigar al desobediente, de traicionar la palabra empeñada, de exigirle solidaridad al prójimo sin practicarla en el espacio propio, o de ver la mezquindad en la vereda del frente sin reconocer la propia. Ha habido mucho astuto vendehumo sin asunto enarbolando banderas de luchas que jamás librarán y demasiado talento abandonado en el camino que no merecía la oscuridad de un final como el que tuvo. Pienso en Violeta Parra despertando un día cualquiera en una carpa desangelada, en Pablo de Rokha sobreviviendo en la pellejería a su hijo muerto, en Joaquín Edwards Bello buscando un revólver, en Alfonso Alcalde en la pieza inhóspita de una casa ajena de Tomé. Tampoco creo que sea casualidad que con una frecuencia pasmosa cada semana emerja de alguna estación del Metro la multitud que nos indica que alguien decidió que ese día sería su propio fin del mundo. Es demasiada la gente que está despertando con la decisión tomada de que lo mejor es marcharse sin despedirse, porque ya no vale la pena llegar a tiempo a ningún lado. Debe existir una variable nueva, una pulsión espesa y extendida, una hostilidad ambiental, tal vez rabia acumulada que decantó en tristeza, quizás la cerrazón de un futuro posible o tal vez todo eso a la vez; un cúmulo de desencanto que se esparce y provoca la necesidad de descansar de algo que ya parece irremediable.

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