El futuro de Transantiago

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Uno de los desafíos que enfrenta el gobierno del presidente Piñera es volver a heredar el pesado bulto del Transantiago. Más aún en momentos en que la licitación de sus principales servicios troncales fue parcialmente cuestionada y congelada por el Tribunal de la Libre Competencia, poniendo en jaque al sistema y obligando a tomar decisiones bajo presión.

Esta es una situación crítica, pero una oportunidad para la nueva administración, que en su programa, propone terminar con el plan en un plazo de 10 años y reemplazarlo por un nuevo sistema denominado Transporte Tercer Milenio, el cual tendrá énfasis en trenes urbanos, ampliar la red de Metro, modernizar buses y generar infraestructura para la integración de estos modos con el automóvil, taxis colectivos y bicicletas.

Más allá de los detalles contractuales y barreras de entrada detectadas en la licitación, lo más preocupante es que se estarán determinando y fijando las condiciones para el funcionamiento del transporte en la capital para los próximos 10 años. En tiempos en que todo indica que uno de los ámbitos donde mayores cambios experimentarán las ciudades con la transformación tecnológica será precisamente el transporte urbano.

A modo de ejemplo, hace solo 7 años atrás entró en servicio en California la aplicación Uber. Su implementación fue tan disruptiva que en menos de 4 años llegó a Chile y hoy cuenta con cerca de 50 mil choferes y 1,8 millones de usuarios. Pese a la penetración de estas plataformas, todavía no hemos sido capaces de generar una regulación adecuada.

En este contexto de grandes cambios tecnológicos que habilitan oportunidades para una economía compartida, -en momentos que vivimos ventas récord de vehículos particulares-, las grandes empresas automotrices han anunciado nuevos planes de negocio que cambiarán para siempre a la industria. Es probable que en los próximos 10 años ya no seremos propietarios de un auto, sino más bien seremos subscriptores de una marca, que nos ofrecerá vehículos nuevos, autónomos, eléctricos, eficientes y compartidos según nuestra necesidad. Tener autos compartidos disminuirá la necesidad de estacionamientos, y en EE.UU. ya se están diseñando edificios cuyos estacionamientos están habilitados para ser reconvertidos a oficinas y viviendas en la medida que se reduzca la necesidad de parking.

Los cambios en la movilidad también se darán a escala doméstica; es cosa de ver cómo después de años sin poder resolver la incompatibilidad entre BikeSantiago y el sistema de bicicletas públicas de Las Condes, la misma comuna incorpora el sistema Mobike, con una plataforma más ubicua y universal, que no requiere estaciones y no está condicionada a un territorio específico.De seguir así, ¿cómo cambiará el transporte masivo en superficie? En un contexto de cambios tan radicales, es necesario pensar si vale la pena fijar hoy, bajo presión y a 10 años las condiciones de operación y servicio del Transantiago. Tal vez mejor sería aguantar un poco, con el costo y dificultades que ello tenga, y pensar el futuro de nuestra movilidad de manera más estratégica y sustentable.

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