El género en la “Gabinetología”




Por María de los Ángeles Fernández, analista política y presidenta de la Fundación Hay Mujeres

El contraste entre la foto de familia del primer gabinete de Patricio Aylwin con la del presidente electo Gabriel Boric, difundida profusamente por las redes, sirve como ejemplo para graficar la dimensión de los cambios que Chile ha experimentado en tres décadas.

Pero nos quedaríamos cortos si solo viéramos en la composición de 14 mujeres y 10 hombres y donde, además, dos de ellos provienen de la diversidad sexual, una característica más en el elenco convocado para pilotar los múltiples desafíos que el país enfrenta en el marco de una transición constitucional. Asumir la paridad de género como lo ha hecho Boric supone reconectar con el intento discontinuado de Michelle Bachelet del año 2006; intentar una armonización con las tendencias en curso en la región en la que ya seis países cuentan con legislaciones paritarias y alternancia para conformar las listas al Congreso y, finalmente, homologarse con la conformación paritaria de la Convención Constitucional. Pero muestra también la asimetría con el poder local, con apenas 17% de alcaldías y con un Legislativo que recién va alcanzando 35,5 % diputadas y 24% senadoras gracias a una ley de cuotas.

De particular importancia será el ingreso del Ministerio de la Mujer y Equidad de Género a un Comité Político que tendrá mayoría de ministras. Dicha figura, que acompaña al trabajo cotidiano del entorno presidencial desde los albores de los año 90, permitirá acercar una perspectiva de género acorde con la interseccionalidad a la conducción y gestión gubernamental. De esta forma, Chile coloca a nivel mundial un nuevo estándar. A la paridad en la Convención Constitucional se suma un mayor estatus para los denominados Mecanismos para el Adelanto de la Mujer y donde llegar a ser ministerio con carácter sectorial venía a suponer el máximo rango.

Lo anterior traerá, sin duda, nuevas dinámicas y pautas, desafiando los marcos de estudio sobre gabinetes ministeriales, al menos, en lo que al régimen presidencial se refiere. La amplitud con la que el presidente electo ha diseñado su equipo no parece ser solo una concesión que el vicio hace a la virtud sino la expresión de un estilo que, como ya se ha visto, no teme poner el pecho ante la necesidad de cruzar puentes. Sin embargo, ¿cómo se sortearán escozores ya atávicos frente al perenne predominio de Hacienda?, ¿cuánto se demorarán en emerger esas dos almas que no han sido exclusividad de los gobiernos de centroizquierda? y ¿se recurrirá a mecanismos informales (como el otrora “partido transversal”) para ir adaptándose a la nueva realidad política?

Como sea, tanto a nivel de la praxis política como en el análisis que de ella se haga, el género pasará desde los actuales bordes del Estado al corazón del poder, y así deberá ser considerado.

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