¿El populismo qué tiene de serio?



Por Alfredo Jocelyn-Holt, historiador

La respuesta a dicha pregunta debiera ser evidente a estas alturas. El populismo refuta a quienes lo desprecian; hace patente la necedad de quienes se resisten a pensar que la democracia genera excesos. Confirma, además, que el Estado todopoderoso, por muy Leviatán de Hobbes que se le tenga, desde que se muestra incapaz de satisfacer demandas y pierde el control, incita a que surja otro monstruo que pise fuerte, claro que al revés: a favor de quienes optan por no someterse. El populismo da vueltas el mundo y sus verdades indiscutibles, las cuales pasan a ser absurdas: así de desacralizador. El populismo podrá ser ridículo, pero que no se le tomara el peso, ni tampoco a quienes vienen apostando por él, es un hazmerreír hasta más embarazoso, lo estamos viendo.

Incide que sea ante todo una estrategia, no una ideología, permitiéndole ser más abarcador (tan de izquierda como aparentemente de derechas); menos literal o preciso (sin tener que enfrascarse en discusiones teóricas), y de paso aprovechar su vaguedad, haciendo de este defecto con que se le tacha, su principal ventaja. De hecho, el populismo apela a grupos muy diversos (proletariado, clases medias, géneros, etnias) sin privilegiar a ninguno en especial, con lo cual gana en densidad y movilización. No siendo otro su propósito que delinear una clara frontera dialéctica entre un “nosotros” y un “ellos” (los de abajo vs. los de arriba, pueblo vs. élite), de lo que se trata es que cada grupo se haga de concepciones suficientemente vacías de sentido, disponibles, que flotan en medio del combate escenificado (“los ricos, corrupción, grandes empresarios”), y encauzar a indignados que proyecten en dichos prototipos sus frustraciones a la vez que hacerlos converger en un solo frente amplio de rabia. En eso consistiría la construcción del “Pueblo” (no un pueblo que preexistiría, sino uno que se arma a partir de este montaje histriónico coral). ¿Con qué objeto? Pues, terminar con el sistema hegemónico, e imponer un anhelo alternativo de totalidad en su lugar. Sin aceptar consolación sectorial alguna -por supuesto que reformas no-, si lo suyo es ir por un todo épico sin concesiones.

¿Se acuerdan del Abate Sieyès de la época jacobina? Parafraseémoslo: ¿Qué es el Pueblo? Nada. ¿Qué puede llegar a ser? Todo. La explicación de Ernesto Laclau de la cual recién me servía, no tiene mucho de original. Es el cuento revolucionario de siempre, con la salvedad que no osa decir su nombre porque desde el siglo XX las revoluciones se las sabe fracasadas, su aura se ha desacreditado. De ahí que se las intente presentar como algo nuevo, más auténtico, camufladas. Lo extraño es que quienes debieran haberse percatado de tan burda táctica le restaron gravedad, y eso que, de la revolución en Chile, estamos de sobra advertidos históricamente.

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