El rol de la política monetaria en la reactivación

El peso de la recuperación económica en Chile ha estado puesto en la parte fiscal, pero bien cabría explorar un mayor énfasis de la política monetaria y cambiaria.



En el contexto de una actualización del enfoque de política monetaria del Sistema de la Reserva Federal, Jerome Powell, la máxima autoridad monetaria de Estados Unidos, comprometió la búsqueda de mayor inflación para enfrentar la actual coyuntura caracterizada por elevado desempleo. Por cierto, Powell no minimiza la importancia de una inflación baja y estable como elemento esencial y permanente para evitar el impuesto dañino que es la inflación y favorecer el progreso económico. Pero estima que para sacar a la economía americana de la violenta contracción que ha seguido a la pandemia del coronavirus, una mayor inflación ayuda.

Su argumento explícito ha sido que, dado que hay un límite inferior a la tasa de interés nominal, porque no puede ser negativa, una inflación muy baja limita (al negativo de la tasa de inflación) el estímulo que, vía menor tasa de interés real, se puede otorgar al gasto en la economía. No mencionó que, dada la rigidez a la baja de los salarios nominales, una mayor tasa de inflación también facilita el ajuste en los salarios reales requerido para superar una alta tasa de desocupación. Tampoco explicitó que, en conjunto con una política de tasas de interés bajas por mucho tiempo, la mayor inflación comprometida por un período prolongado generaría de inmediato una presión para el debilitamiento del dólar americano, mayor en tanto más alta y duradera sea la expectativa de inflación creada (Dornbusch 1976). Y esto, una moneda más “depreciada”, también es comúnmente considerada otra fuerza importante para acelerar la recuperación económica y absorber desempleo.

En Chile, enfrentados a una situación de desempleo aún más severa que Estados Unidos, se ha puesto el peso de la responsabilidad por la recuperación económica en el gasto fiscal, que tiene sus límites. Al igual que el país del norte, sin embargo, cabría poner en discusión un mayor énfasis en la política monetaria y cambiaria. Un objetivo para la tasa de inflación algo más alto, por ejemplo, que esta se sitúe en el rango del 4% al 6% (en vez del 2% al 4% actual), abriría el mismo espacio que persigue Powell en Estados Unidos para impulsar una tasa de interés real doméstica más baja en el país.

También, es posible anticipar que si con la misma tasa de interés nominal, el nuevo rango inflacionario es anunciado para que rija por un período relativamente prolongado, generaría de inmediato un aumento significativo en el tipo de cambio, algo muy útil para sostener la demanda por producción doméstica. Más aún, como luego del ajuste cambiario la tasa de devaluación esperada del peso debería permanecer inalterada para mantener equilibrio en la relación financiera con el resto del mundo, tendríamos que la expectativa de futura devaluación “real” del peso (corregida por la mayor inflación) sería menor o negativa, lo que estimularía el uso de financiamiento externo para financiar gasto doméstico. Por último, una mayor inflación evitaría descansar en la tasa de desocupación para lograr el ajuste salarial que permitiría superar el desempleo con menos sacrificios.

El Banco Central tiene la autonomía y la credibilidad para considerar una estrategia adecuada a los tiempos extraordinarios que se avecinan.

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