Elecciones: el vaso medio lleno



Por Soledad Alvear, abogada

Enfrentamos como nunca una elección polarizada y plagada de estridencias. Ese debate de los últimos 30 años al que estábamos acostumbrados con zonas grises, lógicas razonadas y temas blandos parece extraviado en cierto maximalismo.

Pero no hay que asombrarnos. La historia de Chile es abundante en ciclos cargados de ánimos e intensidades, de visiones y sentires, de dolores y protestas. Por cierto, que algunos han terminado en inflexiones armadas y otros en golpes y quiebres institucionales.

Pero hoy la historia es distinta. Chile ha enfrentado como nunca un largo tiempo de asentamiento institucional. Pocos países en Latinoamérica han dedicado tan largos años a consolidar órganos e instituciones. Pocos han acometido reformas al Estado a través de políticas públicas ampliamente consensuadas y que han tomado años y gobiernos implementarlas. Y esto va más allá del debate constitucional que ha cruzado la legitimidad y subsistencia de nuestro código político. Los gobiernos desde la recuperación de la democracia han contribuido a ello. Por esto octubre del 2019 fue sorpresivo, especialmente por la violencia desatada injustificada, que se mantuvo durante meses.

El llamado a superar las inequidades hoy es más fuerte y exigente, porque las expectativas son más altas y la sociedad más compleja. Un país que busca liderazgos que sepan garantizar paz y también bienestar, que respondan a demandas sociales con certeza y también contención, porque liderar es saber ordenar las expectativas individuales en una narrativa colectiva acogedora y esperanzadora.

Por eso en medio del caos ocasional y la bulla transitoria siempre emerge un instinto de civilidad que nos mueve a ponernos de acuerdo, a colaborar con el país, a entender que la elección no basta para dar gobernabilidad y que requeriremos de un gobierno que lidie con posiciones fragmentadas y dispersas, un Congreso sin mayorías definitorias y una ciudadanía con expectativas cambiantes y a veces difusas.

Pero en este complejo contexto siempre hay algo que debe hacernos sentir orgullosos: nuestra participación electoral cuando la altura del momento así lo demanda. Y con ese mensaje debemos quedarnos. El mensaje del Chile participativo, del país cívico, del que entiende que hay valores que preservar, del que cuida sus instituciones y ama la libertad y los derechos que tantas veces le han sido arrebatados. Un Chile que se mueve en paz y toma decisiones más allá de altisonancias, fantasmas, emplazamientos o funas. Un Chile maduro que pondera contenidos y que entiende que gobernar es un acto de responsabilidad colectiva.

Por eso el llamado este domingo es a votar con espíritu cívico y tranquilidad, pensando en ese vaso medio lleno que tenemos de avances e historia, pero también en lo que nos resta para sacar adelante un Chile que enfrenta enormes desafíos políticos, económicos y sanitarios. Sea quien sea el próximo Presidente de Chile.

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