Elisa Loncón y la violencia



Por Sergio Muñoz Riveros, analista político

No hacía falta que la mesa de la Convención discutiera un protocolo acerca de cuándo procede guardar un minuto de silencio. Habría bastado con que Elisa Loncón expresara el lunes 4 un mínimo sentimiento de humanidad por la muerte del agricultor Hernán Allende Ponce el domingo 3 en el Hospital Regional de Temuco, luego de dos semanas de agonía por las quemaduras que sufrió tras el ataque incendiario a su vivienda en Carahue. Su esposa, Delia Flores, también quemada, continúa en riesgo vital. ¿Sigue creyendo Loncón que no hay terrorismo en La Araucanía? ¿O acaso corresponde diferenciar racialmente a las víctimas?

El 4 de julio, cuando se instaló la Convención Constitucional, ella llamó a refundar Chile, y sus actuaciones y pronunciamientos posteriores ya permiten hacerse una idea al respecto. Hoy es más claro su alineamiento político, y también el sentido de llamar a “saltarse los torniquetes”. En la función que ocupa, ha improvisado una visión sobre el futuro de nuestro país que, insólitamente, parte por cuestionar su integridad. Ha dicho que la nueva Constitución debe reconocer diversas naciones con autonomía territorial y política. No parece tener conciencia de lo que eso significa.

Ha sido particularmente ambigua su actitud sobre la violencia como método político. En julio, al referirse a la campaña por el indulto de los llamados presos de la revuelta, afirmó: “No puede ser que estén presas personas por tener un pensamiento político distinto”. Es una falsedad completa, porque en Chile no hay presos por pensar distinto, sino por cometer delitos, y fueron muy graves los derivados de la destrucción y el pillaje que partieron en octubre de 2019.

En agosto, se le consultó si haría un llamado a deponer las armas en La Araucanía, y dijo: “Yo no tengo el estándar de Mandela para pedir que bajen las armas”. No necesitaba tener ese estándar, que es muy alto. Bastaba con pedir a los grupos armados de la macrozona sur que dejen las armas y actúen dentro la ley. No lo hizo, y ello puede interpretarse de dos modos: uno, que no tiene diferencias con los grupos que, como la CAM, son responsables de la toma de tierras, el robo de madera y cosechas, la quema de vehículos y maquinaria agrícola, las operaciones de narcotráfico y los atentados directos contra las personas; o dos, que no se atreve a contradecir a los cabecillas.

Nada daña más al pueblo mapuche que el bandolerismo que se realiza en su nombre. Y Loncón no lo ve, o prefiere no verlo. Esa falsa causa mapuche ofende a las familias mapuches que quieren vivir y trabajar en paz, y que también son víctimas de las agresiones de los grupos que necesitan que no haya leyes. De aquellas acciones delictivas no surgirá nada provechoso para el pueblo mapuche ni para Chile. Si Loncón no lo tiene claro, es difícil que su desempeño a la cabeza de la Convención pueda inspirar confianza.

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