Estamos en guerra

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Cerca de 20 cuarteles de Carabineros resultaron con ataques en la jornada.


"Estamos en guerra contra un enemigo poderoso" afirmaba Piñera la noche del 20 de octubre pasado. Expresión que le valió múltiples críticas, no solo desde la oposición. Al día siguiente, el general Iturriaga, designado a cargo del estado de emergencia en la Región Metropolitana, desconocía esa posibilidad (y a su superior) aclarando que él era "un hombre feliz" y que no estaba "en guerra con nadie". En el complejo escenario que se vivía durante los tres primeros días del estallido terrorista-delictual del 18-O, el Presidente optó por no defender sus dichos iniciales y efectuar uno de sus tan habituales giros comunicacionales. Sin embargo, el paso del tiempo ha traído abundantes pruebas concretas de que su dura aseveración no era del todo equivocada.

Hay quienes se escandalizan de solo escuchar que Chile podría estar enfrentando un escenario bélico interno. Las razones que subyacen a esa postura parecen ser diversas: conveniencia de acción ideológica, táctica política, ingenuidad o debilidad y, entre unos pocos, un auténtico convencimiento después de haber meditado el asunto con cierto detenimiento.

Ateniéndose a los rigurosos hechos, el fenómeno parece estar bastante definido. La violencia continúa siempre presente y cuando mengua es por decisión de sus propios autores. Apenas estos consideran que hay motivos para desplegarla -como acción o reacción-, sencillamente lo hacen. Los cuarteles de Carabineros son atacados periódicamente, los saqueos, incendios -urbanos y forestales-, asaltos y barricadas callejeras continúan. A ello se puede sumar el uso de la fuerza (ya en dos ocasiones) para impedir a los alumnos rendir la PSU, los serios altercados generados en los estadios de fútbol durante los últimos días, las amenazas y "funas" a personas (incluida una jueza) y un etcétera largo. En fin, las ciudades, calles, plazas y comercios se encuentran a merced de los violentistas. Y, por supuesto, también la ciudadanía que los animan.

Las manifestaciones de descontento social más pacíficas duraron pocas semanas, lo que perdura es ya hace rato violencia pura y dura. Es obvio que ella no es espontánea y que, sin ser monolítica, es digitada y posee cierta organicidad. Más todavía, hay partidos y parlamentarios miembros de la izquierda ideológica que la justifican abiertamente, sin mayores tapujos. Y otros tantos, de izquierda más moderada, que lamentablemente la cohonestan con sus decisiones y declaraciones oportunistas.

¿Cuál es el objetivo de todo este despliegue de rudeza? Que caiga el gobierno, de ser posible. Debilitar la democracia y el estado de derecho para avanzar hacia una "hoja en blanco" constitucional ilegítima, como mínimo. ¿Y qué más? Obtener por la "vía violenta" el poder que les resulta imposible alcanzar por el camino de la racionalidad, el diálogo y las urnas.

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