Festival de desencuentros

manifestaciones en viña


Restablecer el orden público se ha convertido en angustiosa prioridad. “Ya hay demasiada violencia”, ha dicho un amplio grupo de líderes políticos acogiendo, con razón, el llamado del gobierno. Las víctimas son excesivas, las vidas de muchos están siendo afectadas, en algunos casos en forma irreversible. Y esto es adicional a las heridas y lesiones de manifestantes y policías. Me refiero a porciones de la ciudad y la vida en sociedad que se va dañando y destruyendo poco a poco, sueños y emprendimientos que se estropean o desaparecen. Un caso es la accidentada y dudosa prueba de admisión universitaria, cuyos resultados hemos conocido esta semana, efectuada en condición anómala y que ha debido ser “parchada” (estimada) en algunas secciones que nunca pudieron realizarse. ¿Cuántos alumnos fueron perjudicados quizás de por vida? Nunca lo sabremos.

Otra víctima ha sido el Festival de la Canción que se realiza en completa normalidad, excepto, claro está, que nadie ha comentado canción alguna; esto, mientras la ciudad es vandalizada con fruición, se queman automóviles, se saquea el comercio y se destruye el espacio público. Las actuaciones de los artistas festivaleros son examinadas como si se tratara de intervenciones en algún debate desbocado. El conjunto ha resultado desolador. La fiesta viñamarina desnaturalizada por completo, evolucionando a una suerte de tarima política, al punto que resulta dudoso su destino (el próximo año es eleccionario). ¿Quién decidirá los artistas y con qué criterios? Proponer un “cuoteo” resulta simplemente obsceno.

El general de Carabineros a cargo de la seguridad en la región, general Zenteno, trató de explicar el descalabro afirmando que “se planificó cuidadosamente, pero estos individuos saben actuar arteramente...”. En fin, el mensaje se entiende: la acción policial está totalmente superada. Ellos lo saben: los violentistas, también los carabineros. La imagen de Carabineros huyendo desordenadamente de esa épica primera línea que los agrede con palos y piedras resulta altamente perturbadora para el ciudadano común. La indefensión es total.

El plebiscito de abril con seguridad se realizará, en cumplimiento al acuerdo político del 15 de noviembre. Hasta ahora, es el único cauce posible a la crisis que la clase política chilena ha podido diseñar. El problema es que, en este contexto de violencia incontrolada, aparece como algo cada vez menos significativo, menos sólido, menos relevante. El documento aparecido esta semana, en que más de 200 líderes de la ex Concertación llaman a “un nuevo acuerdo” habla por sí solo. ¿Por qué es necesario un nuevo acuerdo? ¿No es que tenemos uno plenamente vigente?

El gobierno ha tomado nota de esta prioridad. Lo ha reconocido el Presidente Piñera y el ministro Blumel. El costo no es ya la popularidad, por lo demás casi inexistente, sino la irrelevancia.

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