Freno y acelerador



Por Joaquín Trujillo, investigador del centro de Estudios Públicos

En general, dedico esta tribuna a temas que pueden llamarse de largo plazo, esos que permiten admirar, como dijo Schopenhauer, la curvatura de la Tierra.

Sin embargo, con ocasión del proceso constitucional, se suscitan cuestiones que son de ese tipo a la vez que de elucidación urgente.

Una de ellas es el régimen político que promete la nueva Constitución. Este es tan importante porque, en el fondo, dibuja los cauces del poder. El presidente electo, Gabriel Boric, ha prometido devolver un país en que el poder quede más desconcentrado de lo que estaba cuando él asumió. Encomiable propósito, en la línea venerable de la división de poderes, esa que estableció el poeta Dante Alighieri (doble fin de la naturaleza humana, temporal y espiritual), Montesquieu (clara distinción entre legislativo, judicial y ejecutivo) y una pléyade que incluye a Tocqueville, Constant, Staël, Arendt.

Pues bien, eso es lo que pretende el presidente electo. El FA en la Convención Constitucional, por su parte, no quiere lo mismo. Los convencionales Schönhaut, Atria y Bassa han firmado una carta que, bajo el argumento de la “eficacia”, busca concentrarlo al punto de hacer indistinguible el Poder Ejecutivo del Legislativo. El más claro dibujo de este plan lo ha esbozado Genaro Arriagada, quien ha declarado expresamente en una columna que la idea es concentrar el poder y que eso es bueno. Se lo llama parlamentarismo o semipresidencialismo, supuesta manera de saltarse tensiones entre poderes que empantanan el poder. Y a eso agregan algunos, una cámara única.

Si esta opción fuese meramente estratégica, vale decir, buscase nada más que concentrar el poder momentáneamente para, disponiendo de esa palanca, desconcentrarlo, ambas posturas, la del presidente electo y la de los convencionales del FA delatados por la bienhechora claridad de Arriagada, serían atendibles además de coherentes entre sí, pero la verdad es que estamos hablando en este caso de más un fin que un medio. La idea es lograr como ideal esa concentración para que supuestamente facilite las operaciones del poder.

Esa tradición de concentración goza de nombres tan ilustres como Jean-Jacques Rousseau, para quien la santa voluntad general era indivisible y se autolimitaba, de tal suerte que toda canalización de su poder tenía siempre algo de artificial, en definitiva, era ociosa si es que no perniciosa. Lo que esa eficacia intenta es la adoración perpetua de la voluntad general.

El problema es que tras las revoluciones de los siglos XIX y XX como también las anotaciones de las ciencias sociales, sabemos que esa sagrada voluntad nunca es general y, de acaso serlo, se vicia como totalitarismo. Por eso que la división de poderes dice relación con una sabia constatación de larga historia: no necesitamos un régimen político que nos lleve al cielo sino uno que permita esquivar el infierno. Pues el camino hacia allá es una autopista por la que se puede transitar siempre más rápido.

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