Opinión

Gobernar en la polarización

Diego Martin/Aton Chile DIEGO MARTIN/ATON CHILE

A pocos días del cambio de mando, la controversia entre Gabriel Boric y José Antonio Kast —originada en versiones contrapuestas sobre el traspaso de información en materias sensibles y extendida a decisiones de última hora en el plano fiscal y de nombramientos— no es solo un episodio de transición. Es una señal del clima político en que comenzará el nuevo gobierno: un país donde la polarización persiste y la confianza entre coaliciones es frágil incluso en instancias institucionales rutinarias.

Los datos del estudio CNEP, aplicado por LEAS-UAI antes de la primera vuelta y después del balotaje, muestran que las distancias emocionales e ideológicas entre bloques, presentes en el electorado, no se redujeron tras la elección. La competencia electoral se resolvió, mas no las brechas. Gobernar en este contexto supone tomar decisiones sabiendo que una parte relevante del país interpretará cada movimiento bajo el prisma de la sospecha.

Al mismo tiempo, el triunfo reforzó entre sus adherentes una concepción de democracia asociada a liderazgo firme. El estudio CNEP muestra que, tras la segunda vuelta, aumentó significativamente la importancia atribuida a contar con un “líder fuerte” para que exista democracia, junto con la percepción de que las elecciones fueron libres e imparciales entre quienes votaron por Kast. Así, la legitimidad democrática no se debilitó; se fortaleció cuando el resultado fue percibido como propio. Pero esa legitimidad es, en parte, situacional: descansa en la expectativa de eficacia.

Aquí emerge la tensión central. El nuevo gobierno asume con un capital político asociado al orden y con legitimidad electoral entre sus adherentes, pero en un entorno donde la desconfianza entre bloques es alta. Ese capital requiere cooperación institucional para traducirse en políticas efectivas. Gobernar en polarización no es solo imponer agenda; exige coordinar, negociar y sostener reglas compartidas cuando el costo político de ceder es alto y la confrontación puede resultar electoralmente rentable.

La controversia de estos días ilustra ese desafío. Cuando el traspaso de información se transforma en disputa pública, se hace visible que la polarización también atraviesa a las élites, mientras que los datos del estudio CNEP muestran que está presente en el electorado. Cuando la polarización atraviesa ambos grupos, los incentivos para la confrontación se refuerzan, lo que puede generar más ruido que previsibilidad, tensionando la capacidad del Estado para actuar con coherencia.

La experiencia comparada muestra que los gobiernos que emergen con una fuerte demanda de orden enfrentan una prueba temprana: resultados concretos en seguridad y estabilidad. Sin avances visibles, el respaldo puede erosionarse con rapidez. Pero en un país polarizado, los resultados no bastan. También importa preservar mínimos de cooperación institucional que permitan que las diferencias no se transformen en bloqueo permanente.

El 11 de marzo no marca únicamente el inicio de una nueva administración. Marca el comienzo de una etapa en que la autoridad deberá ejercerse sin romper los puentes que hacen posible gobernar. Esa será la prueba real del próximo gobierno.

Por Ricardo González, director del Laboratorio de Encuestas y Análisis Social, LEAS- UAI

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