¿Por qué ha fracasado el liberalismo?

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Esta columna fue escrita junto a Claudio Alvarado R, Director ejecutivo IES.

En diversos lugares del orbe se observan escenarios de crisis y malestar, así como la paulatina adhesión popular a corrientes y liderazgos antes insospechados. Los triunfos del Brexit, Trump y Bolsonaro son los ejemplos más difundidos, pero no los únicos: en Europa del este, Francia y Alemania emergen tendencias políticas e intelectuales escépticas del orden liberal. Por su parte, el mapa político nacional también sugiere cambios relevantes desde 2011 a la fecha, y a ambos lados del espectro político afloran proyectos que objetan las dinámicas de la transición. Si pocas décadas atrás las élites se convencían del "fin de la historia", hoy el panorama es sumamente incierto. ¿Cómo comprender este cambio de escenario?

Naturalmente, la pregunta no puede ser respondida desde un solo ángulo o autor. Pero entre los esfuerzos por explicar el cuestionamiento al orden político y económico liberal, destacan los planteamientos del académico de la Universidad de Notre Dame, Patrick Deneen, quien la semana pasada estuvo de visita en Chile. Su libro "Why liberalism failed" (Yale, 2018) ha sido comentado por The Economist, New York Times e incluso por el expresidente de Estados Unidos, Barack Obama.

La tesis central de Deneen consiste en que el liberalismo se encuentra en problemas porque, paradójicamente, ha sido exitoso. Su diagnóstico es que tanto el Estado como el mercado dependen de ciertas instituciones, costumbres y vínculos sociales que tal liberalismo no es capaz de crear ni proteger y que, más aún, tiende a erosionar. Este crudo diagnóstico sería respaldado por el crecimiento desorbitado del Estado, "que se expande para controlar casi cada aspecto de la vida", no obstante su progresiva distancia con la población y su aparente impotencia ante el avance de la globalización.

Lo anterior, sin embargo, no se traduce en una valoración acrítica del liberalismo económico, y aquí radica parte de la originalidad de Deneen. En rigor, él es un intelectual tanto o más receloso de las dinámicas propias de la economía contemporánea. Estado y mercado hoy no serían realmente antagónicos, sino más bien las dos caras complementarias de un mismo problema: la pérdida del control de la propia vida por parte de los ciudadanos, por un lado, y el deterioro del entramado social más inmediato en que ellos se desenvuelven, por otro. No se trataría, entonces, de optar por más Estado o más mercado, sino de advertir las consecuencias perjudiciales de aquello que él denomina "individualismo estatista"; una tendencia con expresiones en algunas derechas e izquierdas (en el mundo y en nuestro país), y que rememora la amenaza del "Estado tutelar" y el "despotismo suave" ya vislumbrada por Alexis de Tocqueville.

Desde luego, el análisis de Deneen no ha estado exento de reparos. Estos abarcan aspectos conceptuales e históricos (como su crítica a los padres fundadores de Estados Unidos o la flexibilidad con que utiliza la categoría "liberalismo"), hasta elementos netamente prácticos u operativos (como la idea de fundar una política diferente a partir de las comunidades locales). Con todo, no se requiere suscribir completamente sus argumentos ni sus propuestas para entender que nos ayudan a repensar los desafíos que trae consigo el momento político global.

Por lo demás, pese al crítico análisis que formula, no es exagerado afirmar que Deneen busca proteger los elementos más valiosos del liberalismo. De hecho, uno de sus temores es que "una probable reacción popular a un orden liberal crecientemente opresivo podría tomar la forma de un antiliberalismo autoritario". Patrick Deneen no sólo rechaza esa alternativa, sino que explicita su propósito de cuidar "todo lo bueno y persistentemente valioso que el liberalismo ha traído consigo (…), particularmente los esfuerzos por asegurar la libertad y la dignidad humana desbaratando la tiranía, la arbitrariedad legal y la opresión".

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