Humor y política

FOTO:CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO



Por curiosa paradoja, el humor suele hacernos pensar en cosas serias y la política hacernos reír, probablemente porque ambas actividades viven en el medioambiente de la contradicción. En un interesante ensayo Arthur Koestler analiza el fenómeno de la risa y sostiene que ella es la consecuencia espontánea e incontrolable que se produce cuando la mente detecta un quiebre lógico en un relato; por eso, nada más falso que el viejo dicho de que “la risa abunda en la boca de los tontos”, en realidad, la risa está ausente en los que carecen de la perspicacia para captar esas contradicciones.

En la política también habita la contradicción, pero de manera diferente, no es meramente intelectual, sino que se expresa en la disociación entre lo que se predica y lo que se practica. A veces estas contradicciones alcanzan niveles grotescos, son un verdadero atentado al pudor y tienen también algo de candor, porque implican la clásica “ingenuidad” del Rey que supone que puede ir desnudo sin que nadie se percate.

Es lo que pasó con el cambio de denominación del gabinete de la Primera Dama, para convertirlo en el “Gabinete de Irina Karamanos”, que superó el estándar del debate político serio, o mejor dicho el debate en serio, al punto que literalmente convirtió al gobierno por un par de días en un meme. Esto ocurrió, en buena medida, porque los protagonistas llevan años denunciando a los poderosos, abjurando de la elite y erigiéndose en paladines contra los privilegios; pero ahora resulta que a la primera de cambios encarnan, cual Luis XIV, la famosa frase “el Estado soy yo”, aunque más propiamente en este caso habría que decir “el Gabinete de la Primera Dama soy yo”. Cómo no sonreír, al menos.

Nuestro actual gobierno está formado principalmente por jóvenes a los que parece asistirles una contradicción insalvable: quieren seguir presumiendo del estatus moral de David ahora que tienen el poder de Goliat; lamentablemente no se puede pretender jugar ambos roles a la vez, sin estar siempre al borde de ser objeto de un meme.  Su concepción unidimensional de las relaciones sociales, en que toda interacción está definida por el abuso y dominación de los fuertes sobre los débiles, los hace exudar una visión mesiánica de la política, porque ellos no solo representan el bien, sino a diferencia de la izquierda que los precedió no se “venden” al modelo.

Por cierto, aunque no abundan, en toda época existen ejemplos de integridad, personas superiores con valores sólidos hasta el heroísmo o la santidad, pero pretenderse superior es incompatible con serlo, creerse mejor que los demás es una suerte de oxímoron moral. Cuando a alguien se le asoma esa contradicción se expone a sufrir la sutil ironía de personas con la agudeza de John Kerry.

Nada destruye más la autoridad del gobernante, cualquiera sea, que exponerse al chiste ingenioso; después de la última carcajada ya no queda autoridad, solo pervive el poder en su basta desnudez. Esa es la paradoja del humor y la política.

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