Indecisión



Es el síntoma perfecto de los problemas políticos y comunicacionales que, al menos desde el estallido social, han socavado la confianza y la credibilidad del gobierno: aunque resulte inaudito, a menos de dos semanas, el país todavía no sabe si deberá concurrir a las urnas, a uno de los más trascendentes eventos electorales desde el retorno a la democracia. Las voces de los especialistas coinciden en que, desde el punto de vista sanitario, el cuadro no va a mejorar en los próximos días, pero el problema que al Ejecutivo le ha impedido resolver no es sanitario, es político.

Se tomó la decisión de confinar a la población sin permisos de desplazamiento los fines de semana; luego, se echó marcha atrás y la medida quedó restringida a una sola vez. ¿Qué ocurrirá el próximo fin de semana? Nadie lo sabe. Se prohibieron las actividades religiosas con público y, de nuevo, inexplicablemente hubo marcha atrás. No hay duda de que son decisiones complejas, que la pandemia es un laberinto oscuro, como afirmó el ex ministro Mañalich. Pero la labor de un gobierno es precisamente generar un mínimo de certidumbre aun en tiempos inciertos, no dejar en evidencia que la oscuridad le impide hacer lo que debe.

Que después del relajamiento veraniego y la apertura para salir de vacaciones era muy probable una nueva ola de contagios, el gobierno lo sabía. Como antecedente estaba, además, lo ocurrido después del período estival en el hemisferio norte. Y que todo el éxito y la velocidad de la vacunación no alcanzaría para generar inmunidad de rebaño antes de las elecciones, también lo sabía. Pero se confió no se sabe muy bien en qué, para justificar que a dos semanas el acto electoral no haya sido postergado o, definitivamente confirmado.

Es cierto que la oposición no acompaña ni ayuda a tomar decisiones. Al contrario, está siempre al acecho del error en el manejo de una tragedia que ha desnudado las precariedades y los abismos sociales que existen en el país. Pero el gobierno no puede estar esperando ser acompañado por la oposición en un cuadro político como el actual. Y tampoco debiera esperar la comprensión de la opinión pública. Son sus convicciones, formadas en la consulta y el diálogo con expertos, las que tendrían que estar ordenando las decisiones. Y explicarlas con rigor y claridad, aunque no generen aplausos en la galería.

La indecisión y el vacío de autoridad que se generó durante el último año en materia de orden público, es algo que a La Moneda no le puede pasar en materia sanitaria. Es imprescindible dar certezas, al menos trasmitir que las medidas están siendo pensadas y anticipadas con el tiempo necesario. Sin duda que en una catástrofe de esta envergadura se cometen errores. Pero tener al país en ascuas respecto a un proceso electoral histórico, a menos de dos semanas, no puede ser sino un símbolo de incapacidad para proyectar escenarios y, sobre todo, para tomar las decisiones que corresponda asumiendo sus consecuencias.

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