Opinión

La "chilenidad"

Fiscal Emiliano Arias fuera de la Catedral de Santiago || Aton

Cada año en esta fecha, homologamos la chilenidad, con opíparos asados que duran varios días, de la mano con antiácidos y omeprazol, baile, juerga, gozosos días feriado, de la mano de la consigna: Lo comido y lo bailado no lo quita nadie. Pero las tradiciones chilenas tienen más amplitud de manifestaciones, más allá de la gastronómica y folclórica, las que de igual modo, hemos de reconocer, reconfortan nuestro cuerpo y espíritu.

Cuando pensamos en qué es aquello que es propio chileno, aquello que forma parte de nuestra identidad, emergen otras facetas. Por ejemplo, el hecho de que producto de nuestra movediza tierra, seamos resilientes y solidarios. Nuestro picaresco sentido del humor, muy bien expresado en payas y refranes. Nuestro amor por el arte y la cultura, que ha hecho de Chile tierra de poetas y grandes músicos que inspiran a todas las generaciones. El consabido ingenio chileno, nos ha convertido también en cuna de emprendedores.

Son varios los colores que llevamos los chilenos y chilenas inscritos en nuestra historia, nuestra sangre y nuestro espíritu. Pero en esta reflexión, quisiera poner el foco, en la profunda huella que ha dejado en nuestra patria, la influencia y los valores cristianos, que moldearon nuestra identidad, desde los tiempos de la conquista. Aunque a la luz de la historia se trata de algo innegable, los tiempos actuales nos tientan a tapar el sol con un dedo y omitir cualquier referencia religiosa.

La profunda crisis por la que atraviesa la Iglesia Católica, a raíz del destape de varios casos de abuso de poder, de conciencia y sexual, además de encubrimiento, protagonizados por representantes consagrados de la Iglesia, puede hacernos olvidar lo estrechamente unidas que están la historia social, política, cultural y económica de Chile, con la historia de la Iglesia en nuestro país. Aunque de hecho, el elevado interés social y mediático en torno a esta crisis podrían reforzar este punto.

La creciente secularización en nuestro país se evidencia en las encuestas que revelan que hoy los chilenos que se declaran católicos no llegan al 60% (según la última versión del 2017, de la encuesta Bicentenario, UC-Adimark). Encuestas más recientes, sitúan esta cifra bordeando el 50%, directa consecuencia de lo que hemos vivido como sociedad y como Iglesia desde la visita del Papa Francisco a Chile en enero de este año.

Nuestra esperanza, es que de esta monumental crisis, la Iglesia sea purificada y fortalecida. Y aunque el porcentaje de chilenos que se declara católico sea el más bajo de la historia, que sea éste un grupo coherente y radical en la vivencia de los desafiantes valores y principios cristianos. Que tanto laicos como consagrados, volvamos a tener un rol comprometido y jugado en el devenir de la historia de nuestro país, tal como lo fue desde los albores de nuestra patria. Tenemos más fresca en la memoria la historia reciente, las décadas de los '60, '70 y '80, con cardenales y sacerdotes que se convirtieron en estandartes de la justicia y los derechos humanos, por todos nosotros conocidos.

Esperemos que esta turbulenta etapa de nuestra Iglesia, sea como los dolores de parto del nacimiento de una nueva comunidad, renovada en su fe, al estilo de los primeros cristianos, que siendo minoría, siendo amenazados incluso, perseveraron a costa de sus propias vidas, y así lograron humanizar la cultura de su tiempo, en muchos casos, cruel y despiadada, durante los primeros siglos de la historia universal después de Cristo.

Cuando revisamos nuestra historia, nos encontramos con esa primera misa celebrada en territorios del sur por el Presbítero Pedro Valderrama, capellán en la expedición de Hernando de Magallanes, el 11 de noviembre de 1520. Con la presencia de la Madre de Dios, de veneración popular, presente en la imagen de la Virgen del Socorro que trajo Pedro de Valdivia en el armazón de su cabalgadura (hoy se encuentra en el Altar Mayor de la Iglesia de San Francisco). Luego esta Madre y Patrona de Chile, en su advocación de la Virgen del Carmen, ayudó a su ejército en la gesta independentista que se tradujo en el triunfo de la batalla de Maipú el 5 de abril de 1818, razón por la cual el general Bernardo O'Higgins puso con sus manos la primera piedra del que sería hasta hoy el "Templo Votivo de Maipú".

La educación, el desarrollo del arte, de la economía, de la salud, de la agricultura, incluso los primeros censos realizados en nuestro país fueron posibles gracias a la Iglesia Católica.  La separación Iglesia – Estado (1925), fue bastante adelantada en el contexto latinoamericano. Y al contrario de lo que muchos piensan, fue propiciada por la misma Iglesia, para poder poner el foco en su misión evangelizadora y pastoral. Por motivos de espacio no podemos extendernos en más ejemplos que prueban como la historia de Chile siempre ha estado íntimamente unida a la historia de la Iglesia Católica.

Volvamos al presente. Observamos que en nuestro país se debate con preocupación, sobre una juventud poco empática y comprometida, sobre el aumento de la delincuencia, el abandono de los adultos mayores, la vulneración de los derechos de los niños, la relativización de los derechos humanos o su aplicación con sesgo ideológico, entre muchos otros temas de claro trasfondo ético. Quienes somos católicos o cristianos (las iglesias evangélicas también han jugado un rol histórico relevante en nuestro país), tenemos que sacudirnos del pudor y el apocamiento, para atrevernos a aportar la gran riqueza de la ética humanista-cristiana, que ilumina estos y otros debates con un norte claro: la inalienable dignidad de toda persona humana, sin importar su condición social, racial, económica, edad, profesión, ideas, creencias; así como la necesidad de trabajar por el bien común, que implica que todos y cada uno tengan las condiciones que le permitan desarrollarse bio-psico-espiritualmente con plenitud. Dicho cometido es imposible sin unidad, sin diálogo y acuerdos. Por eso, se dice que el fruto de la fe es la unidad y en cambio, el fruto del mal, desde el relato de Caín y Abel es la discordia, la envidia, y animadversión.

En estas fiestas patrias, renovemos este voto de unidad nacional. La historia nos da prueba de que unidos, somos capaces de grandes y heroicas gestas. Hagamos propio el consejo que el Papa Francisco dio a los jóvenes chilenos en el Templo Votivo de Maipú, epicentro de nuestra independencia: Que nuestra contraseña para todo sea ¿Qué haría Cristo en mi lugar?

San Alberto Hurtado, que amaste a tu patria, que amaste a tu Iglesia, y marcaste nuestra historia con la huella de la justicia y del amor a Cristo expresado en el amor al pobre, ruega por nosotros

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