La ciudad de los 115 minutos

Cuarentena en 38 comunas de la RM

15 de Mayo 2020/Santiago Vista aérea de la Plaza Puente Alto durante el primer día de cuarentena del Gran Santiago. (Foto: Agencia Uno)




Anne Hidalgo es la carismática y progresista alcaldesa de París, que acaba de ser reelegida con un triunfo holgado. Su discurso se basó en transformar la capital de Francia en una ciudad verde, con huertos en jardines y terrazas, más bicis que autos y donde todo se encuentre a 15 minutos de viaje, un slogan que llegó a Chile y se repite como mantra en la pandemia.

“La ciudad de los 15 minutos” es una idea vendedora, pero tiene un limitado alcance territorial y derechamente es una utopía en grandes aglomeraciones urbanas. Podría funcionar en el París de Anne, que es la ciudad rica donde vive el 16% de la población del área metropolitana. Es la Ville Lumière que visitamos como turistas, delimitada por el bulevar periférico con sus palacios, museos, y frondosos parques.

Pero afuera del periférico, París es bien distinto. Más de 10 millones de habitantes viven en torres o casas pequeñas, con pocos parques y mucha dependencia con el auto. Es el hogar de los chalecos amarillos y los banlieue segregados como Clichy-sous-Bois, donde se iniciaron los disturbios de 2005. En ese París, los 15 minutos te permiten comprar baguette o caminar a la escuela, pero ni pensar en ir al trabajo o la universidad. Eso toma 115 minutos de ida y vuelta, y con una potente red de metro, tranvías y trenes de 800 kilómetros, más varias carreteras.

Lo mismo ocurre en el Gran Santiago. En cualquier barrio de San Bernardo o Puente Alto la ciudad de 15 minutos ya existe para ir a la feria, un consultorio o comer a los chinos. Pero los trabajos y los servicios avanzados están a más de una hora de viaje, en Providencia, Las Condes, Vitacura, Santiago y Ñuñoa que también suman el 16% de la población pero el 80% de las oficinas. En Londres, Buenos Aires, Madrid o Lima los empleos también se concentran en distritos acotados, próximos a los barrios ricos, con el grueso de la población afuera. Si esto ocurre en ciudades tan distintas, podemos asumir que no es una maldad del modelo neoliberal, sino que un patrón de desarrollo urbano que no cambiará por decreto, como se intentó con el desastre de Transantiago, ni con zares o alcaldes mayores.

La gente no puede seguir esperando esas ingenierías sociales de escritorio. Podemos ampliar el radio de 15 minutos llevando más servicios a los barrios, pero la dependencia con el centro metropolitano seguirá existiendo. Por eso hay que extender el metro y los trenes, terminar la red de autopistas y reciclar sitios fiscales para acercar los hogares de clases media. En resumen, las prioridades están en la ciudad de los 115 minutos. La misma donde se disparan los contagios del coronavirus, y donde viven los chalecos amarillos que reventaron París cuando subieron el precio de la bencina, mientras Anne nos maravillaba con sus ciclovías y huertos urbanos.

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