La ciudad feminista
Por Beatriz Mella, directora del Centro de Investigación Urbano para el Desarrollo, el Hábitat y la Descentralización, Universidad Andrés Bello
Hoy es urgente repensar nuestras ciudades considerando las necesidades, especialmente las de las mujeres. A las ya conocidas urgencias climáticas, de adaptación, resiliencia, recuperación de los tejidos sociales y urbanos de esta ciudad, debemos sumar las urgencias de la planificación de ciudades con perspectiva de género.
Es necesario comenzar a actuar para dar forma a espacios urbanos con perspectiva de género, que permitan la interacción y el desarrollo de la mujer en la sociedad. Tenemos pendiente, a través de la construcción de la ciudad, aminorar las brechas de acceso al trabajo y de remuneración salarial entre hombres y mujeres. También ciudades más seguras que permitan el uso de plazas, playas, parques, avenidas comerciales, veredas y ferias libres de manera segura. Tenemos pendiente ciudades que favorezcan las economías locales y los espacios de cuidado.
Sin embargo, el rol de la mujer en “lo público” y en la ciudad, ha sido objeto de cuestionamiento desde tiempos antiguos. Las estructuras patriarcales, religiosas y/o derivadas de una moral restrictiva para la mujer, significaron por muchos años un confinamiento al espacio privado. Un espacio seguro, resguardado, “moral” y protegido. Esta negación de la calle, tanto de la ciudad y como del espacio público, ha sido contestada por la geógrafa feminista Leslie Kern, quien destaca que “la ciudad es el lugar donde la mujer tiene opciones abiertas, que fueron ignoradas en pueblos pequeños y localidades rurales. Oportunidades para trabajar. Liberarse de las normas de género patriarcales (…) Desarrollar nuevos tipos de redes y amistades. Tomar causas sociales y políticas. Participar en arte, cultura y medios” (Ciudad Feminista, Leslie Kern, 2019).
La inseguridad personal y vial es frecuente en los diagnósticos de las problemáticas urbanas. Si bien coincidimos en que las armas, los robos y distintas formas de violencia son un problema transversal al género, sabemos que también existen diferencias entre hombres y mujeres. En cuanto a seguridad personal, las mujeres además deben enfrentar acoso y violencia que ocurren tanto en el espacio privado doméstico, como en los espacios públicos. Por otro lado, se enfrentan a preguntas que sustentan el acoso y la violencia, porque al “cómo ibas vestida”, o el “por qué no denunciaste”, también se le suma una geografía inserta en el mapa mental de la seguridad y peligro que las mujeres llevan en su mente. Así, preguntas como: “¿Qué estabas haciendo en ese barrio? ¿Por qué estabas esperando sola el bus? ¿Por qué ibas caminando sola en la noche?” pasan a perpetuar, del mismo modo, prácticas cotidianas de violencia e injusticia contra la mujer –recordemos lo denunciado por Las Tesis en su performance Un violador en tu camino.
En la movilidad urbana tenemos inequidades que han sido fuertemente invisibilizadas. Estudios sustentan que los hombres se mueven más en auto (asociado al confort y al estatus), mientas las mujeres usan más el transporte público. Las mujeres caminan más, hacen viajes más diversificados, asumen más roles (y movilidades) asociados al cuidado, y se mueven –por estas mismas razones– en horarios distintos a los punta mañana y tarde. Sin embargo, la planificación urbana se ha centrado en el reconocimiento y resolución de viajes que corresponden a patrones más asociados a lo masculino y a las dinámicas de trabajo, porque incluso los que diseñan los recorridos son, en su mayoría, hombres.
La ciudad feminista reivindica los derechos de las mujeres y hombres al uso de los espacios públicos, urbanos, colectivos, el espacio del encuentro ciudadano y el tejido urbano que nos corresponde, por igual.
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