La ciudad que perdimos



Por Pablo Allard, decano de Arquitectura UDD

El lunes pasado, más del 90% de los santiaguinos pudieron salir de sus hogares, dejando atrás meses de cuarentena y confinamiento. Muchos pregonaban que se vendría un súper lunes con calles atestadas de gente, Metro y buses hacinados y un tráfico infernal. Incluso se anunció un oportuno plan para el ingreso diferido de trabajadores, y de esta forma aminorar aglomeraciones. Salvo casos puntuales, las medidas adoptadas y el autocuidado lograron que no se advirtieran mayores problemas en el funcionamiento de la ciudad.

Ese lunes, junto a mis socios decidimos volver a la oficina que tenemos en Providencia. Aquellos que retornamos al trabajo presencial disfrutamos por un momento una cálida sensación de esperanza en las calles, alimentada por la brisa de primavera y los árboles en flor. A ello se agregaba que muchas de las fachadas y mobiliario urbano, vandalizados durante el estallido, se habían reparado, pintado y recuperado. Sin duda se abría una ventana de oportunidad.

Lamentablemente, nuestro anhelo era más espejismo que realidad. Ese paisaje urbano que volvíamos a habitar en los principales centros urbanos y de comercio de nuestras ciudades se nublaba con una triste ausencia: la cantidad de pequeños locales, cafeterías, restaurantes, librerías, tiendas de especialidad y picadas que cerraron para no volver, dejando atrás sus vívidas vitrinas y terrazas, reemplazadas por cortinas metálicas y el ahora infame cartel de “Se arrienda”.

Este fenómeno de vaciamiento de la vida urbana no es exclusivo de nuestra ciudad; ya en junio, The Economist señalaba que en el Reino Unido, la recaudación de alquileres de tiendas y negocios colapsó con las cuarentenas, donde menos de la mitad de los arrendatarios pagaron el alquiler a tiempo a fines de marzo; y una cuarta parte todavía no lo hacía siete semanas después. En nuestro país, la cosa es incluso peor: según la Cámara Nacional de Comercio, el desempleo en el sector llegó a cerca de un 25%, lo que implica 434.681 ocupados menos en el sector que hace un año.

Los barrios comerciales están en el origen mismo de la ciudad, son los que alimentan la vida en comunidad, fomentan la diversidad y -parafraseando a Bohígas- son parte de esas singularidades, diferencias y regalos inesperados del azar, desde donde puede progresar la civilización.

Lamentablemente, al daño producido por el Covid-19, en estos días se suma una nueva amenaza: el retorno de la violencia, vandalismo y destrucción producto de la ira de grupos antisistémicos y la errada represión policial, en una enfermiza lucha simbólica por ciertos espacios memorables del centro de nuestras ciudades. Es de esperar que como sociedad civil podamos contener y canalizar estos conflictos de manera enriquecedora, por medio del diálogo y su coexistencia; de lo contrario, no habrá vacuna ni cura para revertir el daño, y será demasiado tarde para recuperar esa ciudad que perdimos.

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