La derrota de Orbán, la “ultraderecha” y la democracia
La reciente derrota de Viktor Orbán en las elecciones de Hungría pone fin a una de las hegemonías políticas más extensas en el siglo XXI. Su aparente afinidad con Putin, su retórica antieuropea, su conservadurismo cultural, la corrupción de su partido y sus propias palabras -alguna vez habló de su proyecto para Hungría como la construcción de un “estado iliberal”- llevaron a muchos críticos a considerarlo una amenaza para la democracia y a verlo como primera manifestación de una radicalización de las derechas que continuaría en otros lugares de Europa y América. Para sorpresa de muchos, estas derechas rupturistas y provocadoras han alcanzado gran popularidad y en algunos países han obtenido triunfos electorales que les han brindado mandatos para transformaciones significativas.
Los mismos miedos sobre la democracia que se manifestaron con Orbán fueron replicados en los casos del partido Ley y Justicia en Polonia, Bolsonaro en Brasil y Trump en Estados Unidos. Similares temores se han expresado respecto de Meloni en Italia, Milei en Argentina y Kast en Chile. Para todos estos casos se ha utilizado la denominación “ultraderecha”. Es posible que se trate de una categoría semánticamente correcta: ultra significa “más allá de” y estas nuevas derechas se desplazaron más allá de las derechas tradicionales. Sin embargo, a pesar de su carácter radical, todos los exponentes de estas sensibilidades que han llegado al poder lo han dejado tras perder elecciones -incluso tras haber desconocido la veracidad de sus resultados, como Trump y Bolsonaro. No parece probable que Meloni, Milei o Kast vayan a actuar de modo diferente. En el hito más reciente, Orbán reconoció sin demora su derrota electoral y la legitimidad del triunfo de su adversario.
Líderes de izquierdas radicales han actuado de maneras muy diferentes cuando han llegado al poder por medios democráticos en el siglo XXI. Las historias de Venezuela bajo el chavismo y Nicaragua bajo el régimen de Ortega son los testimonios más dramáticos. El intento de golpe de Pedro Castillo en Perú y el desconocimiento de Evo Morales del resultado de un plebiscito constitucional también deben contarse entre los intentos flagrantes de subversión de instituciones por parte de líderes de izquierdas a las que no se describe como ultra ni como extremas. La hipótesis de la amenaza para la democracia de las derechas radicales de las que Orban fue ariete era plausible hace una década, cuando la novedad de la provocación y el desenfado de sus líderes descolocaron a quienes estábamos acostumbrados a una asociación automática entre democracia, valores sociales liberales y la cautela del lenguaje políticamente correcto. Habiendo pasado harta agua bajo el puente desde entonces, parece claro que la democracia liberal peligra más cuando quienes aprovechan la transparencia de sus medios para llegar al poder proponen proyectos radicales de izquierda que cuando se identifican con retóricas rupturistas propias de la “ultraderecha”.
Por Sebastián Hurtado, Instituto de Historia, Universidad San Sebastián.
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