Opinión

La estética del miedo como recurso comunicacional

Tres cabezas, garras de bronce y un rugido diseñado para petrificar a los vivos y mantener bajo llave a los muertos. El mito del Cancerbero, el guardián implacable del inframundo de Hades, ha vuelto a tomarse la conversación pública, pero no por un repentino fervor por la mitología griega. Su figura reaparece a propósito de un giro en la agenda gubernamental. Presionado por el rezago económico y las persistentes dificultades del mercado laboral, el Gobierno ha decidido apostar sus fichas a la promesa de resolver la crisis de seguridad pública mediante su propio plan “Cancerbero”.

Más allá del conjunto de reformas legales, ajustes operativos o anuncios normativos, este despliegue opera ante todo como un recurso comunicacional de alto impacto, un diseño estratégico orientado a movilizar emociones, capturar respaldo ciudadano y proyectar un control absoluto de la agenda pública. Un gobierno más severo y estricto, con cada detalle milimétricamente cuidado.

En la comunicación política y los asuntos públicos, la estética jamás constituye un elemento meramente accesorio, es el catalizador de la acción. Las formas, la puesta en escena, el vocabulario seleccionado, la vestimenta y hasta los silencios transmiten una visión de sociedad y modelan la relación del poder con los ciudadanos. En este caso, la narrativa adoptada recurre a viejas fórmulas de severidad y despliegue punitivo para que una ciudadanía agobiada por el delito perciba una sensación de protección inmediata. Pero detrás de esa fachada, lo que se ha instalado paulatinamente es una estética del miedo como eje articulador del debate nacional.

Gobernar a través del temor puede ordenar el discurso en el corto plazo y ofrecer réditos comunicacionales efímeros, pero erosiona de manera profunda la convivencia, la política y la certidumbre indispensable para el desarrollo. Esta lógica ha comenzado a permear la conversación pública: la militarización del lenguaje, las advertencias continuas frente a supuestas amenazas y una retórica que premia la demostración de fuerza por sobre el trabajo institucional terminan por debilitar el debate democrático. A la larga, el miedo fractura el tejido social.

El síntoma más riesgoso de esta dinámica es la desvalorización del diálogo y el desprecio hacia los acuerdos. Bajo un esquema binario donde cualquier discrepancia es tratada como una amenaza al orden, la búsqueda de consensos es caricaturizada como debilidad u obstruccionismo. Se ha olvidado con peligrosa rapidez que la gobernabilidad no se impone por decreto, por estridencia ni por el volumen del micrófono. La evidencia muestra con claridad que la ciudadanía rechaza los atrincheramientos artificiales y valora a aquellos liderazgos con capacidad real para tender puentes.

Conviene mantener la perspectiva histórica. La demanda por dignidad y trato justo que sacudió al país en 2019 sigue plenamente vigente en la vida cotidiana de las familias. Reducir la complejidad del malestar social a una cuestión exclusiva de contención policial representa un error sustantivo de diagnóstico, tan equívoco como la apuesta de entonces por refundar la institucionalidad.

Si bien la ciudadanía exige orden y crecimiento económico -dos promesas centrales para el futuro-, el balance actual refleja una evidente crisis de expectativas: persisten los episodios de violencia que tensionan la seguridad pública y se mantiene el estrés financiero en los hogares. En términos simples: la delincuencia persiste y la plata no alcanza.

En este marco, insistir en reabrir debates constitucionales o pretender reformas estructurales al límite de un solo voto significa tropezar dos veces con la misma piedra y dilatar soluciones urgentes tras años de desgaste institucional. Sustituir los resultados tangibles con símbolos de intimidación no resolverá las urgencias del país. Chile no necesita un guardián de tres cabezas, o cualquier otra imagen dentro de una estética del miedo. Necesitamos abrazar esa sobriedad republicana que enfrenta la realidad sin adornos y comprende que la fortaleza reside en acuerdos sólidos y transversales.

Por Claudia Miralles Abarca, Gerente de Comunicación Estratégica de Imaginacción.

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