La fuerza de lo posible

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A 30 años de que asumiera Patricio Aylwin como Presidente de la República, ¿hay motivos para celebrar? Por cierto que sí.  No dudo en calificar los 20 años de la Concertación como los mejores del último siglo. Chile cambió y para bien. Esas dos décadas marcaron el triunfo de la política más que de la economía (sin perjuicio de los notables avances en este ámbito que permitieron, entre otras cosas, la más drástica reducción de la pobreza en el mundo en los últimos 30 años).

El triunfo de la política implicaba una mirada estratégica sobre el futuro. Primero, fue el triunfo de la tesis de una transición pacífica a la democracia con la derrota del continuismo de Pinochet y la opción del Sí, y también de la tesis de la rebelión popular de masas propiciada por el PC. Luego, tras el triunfo del No el 5 de octubre de 1988, la Concertación por el No se transformó en la Concertación de partidos por la democracia. Esta se constituyó en la base de sustentación política de los gobiernos de Patricio Aylwin, Eduardo Frei RT, Ricardo Lagos y el primer gobierno de Michelle Bachelet (1990-2010).

Los derechos humanos como base ética de la transición y la consolidación democrática sobre la base de la búsqueda de la verdad y la justicia de lo posible, la democracia de los consensos básicos y el crecimiento con equidad concebido como la búsqueda de alternativas al neoliberalismo y el neopopulismo, acompañado de una decidida apertura externa, fueron las opciones y pilares fundamentales de los gobiernos de la Concertación.

Con el trasfondo de “un caso de desarrollo frustrado” (Aníbal Pinto, referido a la realidad económica de Chile en el siglo XX) y de las “planificaciones globales” (Mario Góngora, por la irrupción de modelos altamente ideológicos y excluyente), y a partir de las lecciones del quiebre democrático, fuimos capaces como país, bajo el liderazgo y los gobiernos de la Concertación, de lograr altos niveles de crecimiento económico (5% de promedio anual entre 1990 y 2015), una fuerte reducción de la pobreza (desde un 40% a un 8,6%) y el surgimiento de los nuevos sectores medios emergentes y aspiracionales que constituyen el dato principal de todo este proceso.

Se trató de una transición exitosa y de un proceso de consolidación que ha llevado, en los últimos meses, a la revista The Economist a ubicar a Chile en el selecto y reducido grupo de países considerados como “democracias completas”.

Todo ello fue posible merced a los grandes acuerdos entre los distintos sectores políticos y sociales, en una perspectiva estratégica de mediano y largo plazo (que es lo que se ha perdido en la última década de alternancia en el gobierno).

Un acelerado proceso de crecimiento, modernización y desarrollo como el que ha tenido lugar en el Chile de los últimos 30 años genera las tensiones, contradicciones y desigualdades que se han hecho visibles en los últimos meses (y, a decir verdad, en los últimos años).

Lo anterior se ha visto agravado por el hecho de que en los últimos seis años hemos tenido un crecimiento económico mediocre, lo que explica en buena parte porqué los presupuestos familiares no alcanzan para llegar a fin de mes.

Hacer frente a esa realidad y a los efectos y desafíos que conlleva la contínua modernización y democratización de las estructuras es la principal tarea del país y de la élite dirigente en términos del futuro. La otra gran tarea consiste en hacer frente al gran déficit de los últimos años -una verdadera falla geológica-, en cuanto a la incapacidad del Estado de proveer de seguridad a las personas.

Tiempo de reflexión y de rectificación. La Patria justa y buena para todos de Patricio Aylwin es a la vez una realidad y una promesa.


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