La mesa o el menú
El debate en relaciones internacionales suele darse entre distintas vertientes. Dos de ellas, las de realistas y los liberales, son las que usualmente tienen mayor recepción. Los realistas, como dice su nombre, creen en que las grandes potencias siempre tienen el control. Su doctrina es la del realpolitik, basada en una visión cínica de la sociedad y el mundo. Los liberales, en cambio, creen en una serie de valores que ordenan el entorno internacional, incluido el llamado derecho internacional. Para los liberales, tiene que haber un orden basado en reglas y valores, y no solo en la fuerza. El discurso del primer ministro de Canadá, Mark Carney, durante la cumbre de Davos la semana pasada, pareciera resucitar estos debates en medio de un avance inminente del autoritarismo en Estados Unidos.
Carney partió su alocución tomando partido con los sectores realistas. Planteó que vivíamos en una ficción, en la que los países medianos fingían creer en un orden mundial basado en reglas y valores, pero que, en el fondo, todos sabíamos que las grandes potencias tenían el sartén por el mango. Su frase fue elocuente: “los grandes poderes han empezado a ocupar la integración económica como armamento, las tarifas como herramientas de negociación, la infraestructura financiera como coerción, las cadenas de suministro como vulnerabilidades a explotar". Con esta declaración, muchos entendieron que el mensaje del premier canadiense era claro: ya no se puede confiar en los Estados Unidos como un aliado del orden internacional (si es que alguna vez se pudo).
Este mensaje se reforzó un par de días después con la iniciativa de Trump de crear un organismo paralelo, inicialmente a cargo de la reconstrucción de Gaza, pero que muchos ven como su propio club para hacerle frente a Naciones Unidas. Con una cuota de incorporación de mil millones de dólares, este grupo es lo más parecido a un sindicato de villanos en el concierto internacional: Israel, Bielorrusia (como proxies de su hermano mayor, Rusia), Hungría, Egipto y Arabia Saudita aparecen como miembros. Asimismo, se sumaron otros “tontos útiles”, más interesados en no importunar al líder que en el futuro de Gaza. En esa lista aparecen Argentina y Paraguay. Aunque Chile no está invitado aún, queda la duda de si el futuro gobierno caerá en la tentación de pagar la cuota (con fondos públicos, por cierto) y cerrar los ojos ante las atrocidades que cometen algunos de los miembros de este selecto grupo, o si continuará la política exterior de estado que se ha llevado adelante por décadas.
El mensaje de Mark Carney no terminó con un testimonio de lo obvio, sino con un llamado a la acción por parte de los países medianos. En términos simples, Carney planteó que si estos países no pelean por tener un puesto en la mesa, están condenados a ser parte del menú. Fiel a sus convicciones liberales, el premier canadiense hizo un llamado, no sólo a otros países, sino que a empresas y otros actores a reconocer la triste realidad de que ya no podemos seguir viviendo en la mentira de que las grandes potencias no van a ocupar su poder para su propio beneficio (y el de nadie más). Pero en vez de quedarnos de brazos cruzados y aceptar esa realidad, el resto de los países tienen que crear la infraestructura suficiente para poder hacerle el contrapeso. Es ahí donde el liderazgo internacional importa.
Por Javier Sajuria, profesor de Ciencia Política, Queen Mary University of London, y director de Espacio Público
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