La nueva descentralización




Un efecto no deseado de la pandemia ha sido la alteración del calendario electoral y la reciente propuesta del oficialismo de postergar las elecciones de gobernadores regionales de abril a noviembre del próximo año. Si bien, antes del Covid-19 ya se argumentaba que no estaban claras las atribuciones, recursos y capacidades de las nuevas autoridades, muchos confiábamos que había que avanzar y corregir sobre la marcha de manera de romper con el excesivo centralismo y fortalecer la gobernanza local en el país.

Sin embargo, mientras no encontremos una vacuna y sigamos obligados a vivir en alerta continua y cuarentenas dinámicas, puede que la descentralización se haga realidad no por decreto ni por ley, sino por dinámicas migratorias internas jamás imaginadas. No me refiero a esas pocas familias que cambiaron domicilio a su segunda vivienda en el litoral para las Fiestas Patrias; más bien a los miles de estudiantes universitarios que dejaron las grandes ciudades para continuar sus clases en línea desde sus localidades de origen. También a ejecutivos, profesionales y trabajadores cuyas empresas ya están preparándose para adoptar el teletrabajo como política permanente; y para qué hablar de miles de emprendedores o profesionales independientes que ya están buscando otros horizontes para dejar atrás el hacinamiento de las cuarentenas urbanas.

Como ya lo adelanta el urbanista y director de la Escuela de Ciudades de la Universidad de Toronto, Richard Florida, el Covid está generando una presión centrífuga hacia las áreas suburbanas y rurales donde los grandes triunfadores serán las ciudades intermedias. Una encuesta reciente de la Asociación de Corredores de Propiedades de EE.UU. confirma la tendencia de las principales empresas e inmobiliarias en buscar terrenos en ciudades intermedias con menos de 1 millón de habitantes y áreas suburbanas para localizar sus futuras operaciones.

En ciudades como Talca, Chillán, Los Ángeles, Puerto Varas o localidades como Curacaví, Olmué o el litoral central, el teletrabajo permitirá el retorno de capital humano calificado a sus ciudades de origen, e incluso atraer a nuevos ciudadanos que buscan calidad de vida en ciudades y pueblos más pequeños donde los bienes y servicios están accesibles en 15 o 20 minutos. Como dirían los nostálgicos: “donde todavía podamos almorzar en la casa o ir a buscar los niños al colegio”. Muchas de estas ciudades cuentan con un casco urbano apto para densificación armónica, permitiendo desarrollar modelos de ciudad compacta y caminable/pedaleable. A esto se suma la disposición de suelo a menor costo que en las grandes ciudades, satisfaciendo el deseo de viviendas aisladas, condominios con patios y áreas de juego privadas para aquellas familias con niños que apenas resistieron las cuarentenas en departamentos.

Por otro lado, el temor al hacinamiento y contagio en el transporte masivo como buses, trenes o Metro, van a disparar la congestión vehicular en las grandes ciudades, lo que potenciará la movilidad activa en caminata, ciclos o compartida en distancias menores a 10 kilómetros. El delivery, las calles comerciales y el almacén de barrio se impondrán sobre el mall, y desde el punto de vista de la gobernanza, ciudades con uno o dos municipios pueden responder de manera más ágil y coordinada a futuras pandemias que las áreas metropolitanas complejas.

Si bien todavía es muy temprano para medir la escala que tendrá esta nueva descentralización, al parecer la ciudad del siglo XXI no será la megápolis, sino una red interconectada de ciudades intermedias y localidades rurales más resilientes, sostenibles y humanas. Sin duda una oportunidad que debemos planificar desde hoy, y que no podemos postergar como las elecciones.

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