La primera vuelta y la distancia entre el campo y la ciudad
Vivo en Santiago, pero voto en Romeral, una comuna pequeña del Maule conocida por sus cerezas. Cada vez que vuelvo, el contraste sigue siendo evidente: las conversaciones que escucho en los entornos urbanos donde me muevo en la capital tienen poco que ver con lo que se habla en el lugar donde crecí.
No siempre fue así. Hace seis años, esas diferencias existían, pero en menor medida. Si bien el campo suele votar más conservador que la ciudad, hay elecciones no tan atrás en el tiempo donde a la izquierda le fue mejor en el primero.
Pero algo cambió después de octubre de 2019, y especialmente después de la primera Convención Constitucional. Muchas de las discusiones que tomaron fuerza se sintieron, en comunas como Romeral, como un cuestionamiento directo a su identidad. El debate sobre el rodeo —“maltrato animal” para muchos santiaguinos, “patrimonio cultural” para muchos ruralistas— lo mostró con claridad: lo que en la ciudad era una conversación moral, en el campo se percibió como una imposición cultural. Esa tensión terminó reflejándose en los patrones de voto.
Para entender su magnitud hay que mirar más lejos que las últimas elecciones. Durante buena parte de la posdictadura, la brecha urbana rural tendió a achicarse. Cada ciclo electoral mostraba una distancia menor entre la ciudad y el campo. El punto culminante fue en la segunda vuelta entre Michelle Bachelet y Evelyn Matthei de 2013: por primera vez desde el retorno a la democracia, el mundo rural votó más a la izquierda que la ciudad.
Pero esa trayectoria de convergencia, sin embargo, se quebró. Desde 2019, la brecha crece de forma sostenida, y hoy se ha convertido en uno de los clivajes más importantes de la política. La elección de la primera vuelta reafirmó la tendencia: las ciudades y el mundo rural están tomando rumbos políticos distintos. En términos simples, las comunas urbanas votaron más a la izquierda que las rurales. La distancia entre el voto urbano y el rural fue de 6,7 puntos.
Lo más relevante no es el dato puntual de esta elección, sino la persistencia del fenómeno y que este patrón no es exclusivo de Chile. En Estados Unidos, autores muestran que la política norteamericana se ha ido reorganizando en torno a una fractura territorial profunda. Declive económico en zonas rurales, percepción de abandono por parte de las élites urbanas y una agenda cultural progresista que en muchos lugares se vive como imposición: la lista es familiar.
El desafío es entender cómo se forman estas brechas, por qué persisten y qué implican para un país que dice aspirar a un proyecto común. No se resuelven con diagnósticos rápidos ni con caricaturas sobre “lo urbano” y “lo rural”, sino con políticas que reconozcan que, detrás de los números, hay experiencias distintas de vivir en Chile. Ese es, quizás, el punto de partida más urgente.
Por Naim Bro, Profesor Escuela de Gobierno, Universidad Adolfo Ibáñez Investigador / Instituto Milenio Fundamento de los Datos.
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