Karin Moore

Karin Moore

Abogada

Opinión

“La Punta del Iceberg”

Ilustración: Alfredo Cáceres

Esta columna fue escrita en conjunto con Flavia Pino Pasternak, coach evolutivo (ITC)

 

Históricamente, hasta bien entrado el siglo XIX, se prohibía a las mujeres abordar embarcaciones militares o navíos mercantes, pues su presencia podía enfurecer a los dioses del mar y causar violentas tormentas y marejadas. La presencia femenina era considerada simplemente “mala suerte” y augurio de un sinnúmero de penurias para los tripulantes. Una explicación “alternativa” podría tener que ver con la eventual “distracción” que la presencia femenina pudiera representar para una tripulación eminentemente masculina. Después de todo, una tripulación distraída o celosa, era considerada en aquél tiempo una tripulación poco segura. Existen numerosas historias de mujeres que, disfrazadas de hombres, trataron de desempeñarse en labores marítimas, corriendo serios riesgos y siendo incluso lanzadas al mar al ser descubiertas, para aplacar la ira de los dioses.

Podríamos pensar que en los tiempos actuales estamos ya lejos de esos prejuicios. Sin embargo, estamos más cerca de lo que pensamos. La sociedad chilena cuenta con mitos similares, que reflejan nuestros paradigmas acerca de los espacios “reservados” para el hombre y la mujer. Sin ir más lejos, en el rubro de la minería recién se está intentando desbaratar el mito de que las mujeres traen mala suerte a las faenas mineras, porque la “mina se pone celosa”.

Históricamente los roles han sido definidos según sexo, tanto en el ámbito familiar como social, colocando al hombre como el proveedor de la familia y a la mujer en las tareas del hogar, el cuidado de los hijos y de personas dependientes. Sin embargo este modelo está lejos de reflejar la realidad del mundo moderno, en que las mujeres han entrado fuertemente al mercado laboral generando un impacto profundo en la organización de los hogares y la dinámica familiar. Lo esperable sería que existiera un sano equilibrio sustentado sobre conciliación y corresponsabilidad para permitir un satisfactorio desarrollo personal y profesional de mujeres y hombres.

La discusión acerca de la igualdad de género se ha centrado en exceso en lo que hacemos o dejamos de hacer como sociedad y muy poco en la forma en que pensamos, es decir, en nuestra mentalidad. Hemos estado centrados en la punta del iceberg, sin ver lo que está en lo profundo. Creencias históricas sustentan nuestras prácticas laborales sin que nos demos cuenta, y lo que es peor, bloquean el libre acceso de oportunidades a mujeres profesionales de destacada trayectoria. Sabemos de mujeres talentosas, cuya capacidad para asumir altos cargos ha sido puesta en duda por su condición de madre, lo que se considera incompatible con una “disponibilidad 24/7”. Nadie lo dice abiertamente, pero uno de los grandes supuestos de nuestro mundo laboral es que sólo un hombre es capaz de rendir ante las exigencias de estos cargos. Esto es lo que está bajo el iceberg.

Quienes hoy se sitúan mayoritariamente en posiciones de poder, son personas formadas bajo parámetros sexistas que habitualmente los llevan a orientar sus decisiones bajo sesgos culturales que entrampan los cambios que nuestra sociedad requiere. Hay una natural resistencia a creer verdaderamente en la equidad de género y en la conciliación corresponsable.

Quién no ha escuchado cuestionamientos como éstos: ¿Por qué el Estado, la sociedad o el empleador debieran promover una mayor participación laboral femenina? ¿No hay cosas que una madre hace mejor que un padre? ¿No es mucho mayor el beneficio que genera una mujer al cuidado de sus hijos que en el mercado laboral? Si las mujeres dejan de realizar las tareas de cuidado familiar, ¿quién las realizará y a qué costo?. Tal como en la antigüedad, a las mujeres que se atreven a desafiar estos cuestionamientos no les queda muchas veces más remedio que “disfrazarse” de hombres para poder mimetizarse en un espacio profesional hostil, lo que genera un nuevo y peligroso gran supuesto social: que no pueden ser ellas mismas o que hay algo que deben sacrificar, si quieren tener éxito.

¿Qué hacer entonces?. Lo que proponemos es sumergirnos en lo profundo de las aguas de nuestra cultura para descubrir, transparentar y dialogar acerca de nuestras creencias más fundamentales respecto de lo que significa ser hombre y ser mujer. Son estas creencias las que funcionan como verdaderos “anticuerpos” para el progreso de nuestra sociedad: sólo si las enfrentamos con honestidad y transparencia trascenderemos las limitaciones de lo que creemos posible. Sólo un reemplazo de nuestras creencias fundamentales por un sistema de creencias más justo y adecuado a nuestros tiempos (como es el trabajo que han hecho otras sociedades), nos permitirá avanzar hacia una verdadera integración y hacia una nueva valoración de la mujer al interior de la familia y la sociedad.

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