Carlos Ominami

Carlos Ominami

Economista

Opinión

La responsabilidad democrática de la izquierda

Los supremacistas masculinos odian a las feministas, contra las que dicen estar en guerra.

Puede sonar paradojal, pero así está objetivamente planteado: le corresponde a la izquierda una responsabilidad fundamental en la defensa de la democracia liberal. A estas alturas, no puede haber dudas.

Recorre el mundo una poderosa corriente hostil a las normas democráticas, a las libertades individuales, al estado de derecho. Es una corriente que combate a la prensa independiente y es profundamente intolerante frente a las minorías y a todo lo que aparezca como expresión de diversidad. Y no se trata de manifestaciones aisladas apoyadas por grupos marginales. El ascenso de las derechas extremas es, sin duda, el hecho político más relevante de la política europea de los últimos años. Países importantes como Hungría, Polonia, Austria o Italia tienen hoy día gobiernos que responden a esa orientación. Con mucha razón, Emmanuel Macron, el Presidente de Francia, advirtió recientemente sobre “el peligro del regreso a la Europa de la entreguerra”, que derivó en la Segunda Guerra Mundial y todos los horrores que se conocen.

El reciente triunfo en Brasil de Jaír Bolsonaro, con su abierta apología de la dictadura militar, muestra que los riesgos de regresión autoritaria amenazan también a nuestro continente.

Hasta no hace mucho tiempo atrás, la democracia liberal era vista con recelo en parte importante de las izquierdas, en especial en América Latina. El epíteto de “burguesa” era ampliamente usado para limitar su alcance y considerarlo un sistema formal susceptible de ser reemplazado por una forma política superior que nunca se alcanzó. La sucesión de dictaduras que azotó a la mayoría de nuestros países condujo a una revalorización de la democracia como conquista universal.

Es tiempo de reafirmar el compromiso inquebrantable de la izquierda con la democracia liberal. Si hace unas décadas atrás, la izquierda la asumió como parte de su proyecto histórico, en la actualidad le corresponde situarse en la primera línea de su resguardo. Así lo ha sostenido, por ejemplo, el senador Bernie Sanders, figura muy destacada de la izquierda estadounidense, que ha llamado a la constitución de un “movimiento progresista internacional” capaz de enfrentar la ofensiva autoritaria. Desde el campo de la intelectualidad, destaca el manifiesto de Boaventura de Sousa Santos: “¡Izquierdas del mundo, uníos!”, que apunta exactamente en la misma dirección.
Las coaliciones en defensa de la democracia deben ser lo más amplias posibles. Para que sea eficaz, esta defensa debe ser capaz de asumir las insuficiencias de las democracias tal cual la conocemos hasta ahora. No se trata en consecuencia de un combate puramente conservador. Las formas clásicas de la representación deben ser complementadas con mecanismos participativos que le aporten una energía, de la cual se han visto desprovistas.

Las nuevas tecnologías permiten consultas regulares que estimulan la deliberación ciudadana y enriquecen la democracia como ejercicio permanente, y no como simple cita electoral cada cierto número de años. La deliberación democrática no puede tener terrenos vedados. Para ello es de especial urgencia enfrentar con buenos argumentos la primacía del pensamiento único en materia económica.

La lucha por los derechos de las minorías ennoblece a las fuerzas progresistas, pero no basta. Debemos ser capaces de superar el neoliberalismo que concentra la riqueza en manos de unos pocos y limita el bienestar de las grandes mayorías.

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