Opinión

La tiranía de las encuestas: cómo la popularidad debilita la democracia

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Las redes sociales y las encuestas dominan la política actual, pero la popularidad de una medida no la hace correcta. La democracia liberal contemporánea enfrenta una amenaza particularmente insidiosa: la sustitución del juicio técnico y racional por el impulso emocional y efímero de las mayorías. Esta tendencia, observable en numerosos países latinoamericanos, erosiona la calidad del debate público y debilita los fundamentos institucionales necesarios para el progreso sostenible.

Pensadores fundamentales de la Ilustración, como David Hume y Adam Smith, advirtieron sobre los riesgos de confundir lo popular con lo correcto. Hume nos recordó que las pasiones humanas pueden desviar el juicio y Smith entendía que el interés propio racional puede generar beneficios colectivos, pero siempre dentro de un marco institucional sólido. Las políticas públicas deben basarse en análisis técnicos rigurosos, no en el aplauso fácil ni en la complacencia emocional.

El ejemplo chileno muestra que el crecimiento y la reducción de la pobreza se lograron gracias a consensos técnicos y a políticas económicas sólidas, impulsados por la Concertación entre 1990 y 2014, aunque no siempre fueron populares.

Sin embargo, cuando se priorizaron las demandas populares por encima del análisis técnico, como ocurrió en el segundo gobierno de Michelle Bachelet, el pragmatismo institucional fue dejado de lado en favor de una agenda que respondía principalmente a la presión de la calle y a la emoción de ciertos sectores. El resultado fue la implementación de reformas improvisadas, como la gratuidad universitaria, la reforma educacional y la reforma tributaria, que, lejos de resolver los problemas estructurales, profundizaron las distorsiones existentes y terminaron por generar mayor malestar social y frustración colectiva.

El estallido social de 2019 fue el resultado de políticas orientadas a la popularidad. Priorizar la aprobación instantánea crea expectativas imposibles y termina en frustración y crisis, como se ha visto en otros países de la región.

Las sociedades complejas necesitan instituciones técnicas y sofisticadas, como un banco central independiente, capaces de tomar decisiones basadas en evidencia y análisis especializado, incluso cuando estas decisiones resultan impopulares. Adam Ferguson advertía que muchas de las instituciones más valiosas para el desarrollo social no surgen de la voluntad inmediata de las mayorías, sino de la acumulación de experiencia y conocimiento a lo largo del tiempo.

​Un líder democrático debe tomar decisiones responsables, incluso si resultan impopulares, para proteger el bien común y evitar la tiranía de la mayoría.

Confundir el liderazgo con la popularidad es un error. Los líderes deben guiar con razón y sabiduría, no solo seguir las emociones del momento.

​Chile debe volver al pragmatismo y a las políticas basadas en evidencia para evitar los errores del populismo y asegurar el progreso.

Por Felipe Balmaceda, economista

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