La tiranía del momento




Estamos en verano, llenos de restricciones, pero verano al fin, tras un difícil invierno, al igual que el que, desde ya, amenaza con volver.

¿Recuerdan cómo representan los impresionistas esta estación? Monet, Renoir, Sorolla, Sargent, o J. F. González, Valenzuela Llanos, Orrego Luco entre los nuestros. Muy simple: limitándose a recoger una impresión de un instante en suspenso quieto, a fin de perpetuarlo. La luz, básicamente (mayor en esta época del año), y sus efectos en una amplia gama de escenas, algunas de las cuales suelen repetirse. Paseos frente al mar, a través de prados cubiertos de flores, en cafés y locales al aire libre donde, por la noche, se va a bailar, o en meros actos cotidianos, privados, preferentemente domésticos. Salvo raras excepciones (como cuando Manet pinta una barricada o el fusilamiento de Maximiliano), nunca abordándose temas que afligen. Es que se trata de una pintura resuelta en querer captar el reposo, y en la que burgueses puedan sentirse satisfechos consigo mismos, pudiendo alcanzar hasta éxtasis contemplativos, no religiosos, como los de Proust y su magdalena en una taza de té, o la “visión” al final de To the Lighthouse de Virginia Woolf en que Lily deja a un lado el lienzo y pincel.

Lo cual despierta sospechas, no faltando quienes reclaman que es un puro ardid. Mire de nuevo, se nos dice, y convendrá que esos cuadros son fantasiosos. Retratan una vida de lujo y ocio conspicuo, poco menos que de dioses en un olimpo. Lo que es niños revolcándose en la arena, y mujeres también desnudas, chapoteando en el agua inatentas a que se las mire, invitan dobles lecturas, inocentes no son. Tanto jolgorio, gente siempre feliz, sin miseria a su alrededor, lucha de clase o demandas sociales-llega usted a creer que este es el mundo y es porque se ha hecho cómplice de un cuento complaciente que encubre un orden de explotación.

Quienes piensan así presumen que todo momento es épico o trágico, donde uno a cada minuto se juega la vida o muerte debiendo antes comprometerse. Los impresionistas, en cambio, no persiguen nada imperativo, no presumen trascender tiempo o lugar. Pretenden muy poco. Cero tesis, ninguna teoría, nulo afán academicista, ni siquiera reproducir la realidad en sentido total y verista. Les interesa dominar el arte de producir efectos subjetivos mediante auras y ambientaciones; hacer que artista y observador de la obra coincidan vía sugestiones insinuadas, que de cerca puede que no asciendan más que a pinceladas de color, con escaso dibujo. Un arte, más cercano a la poesía y música que al discurso y prosa convencidos de su urgencia.

Lo más preciado del impresionismo, de ahí su fascinación (en Japón, furor), es poder volver a tener veranos, calma, y descanso de eso otro que se esmera en tiranizarnos sin tregua, y no cesa en agotar.

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