Gloria de la Fuente

Gloria de la Fuente

Presidenta de Chile21

Opinión

De la travesía por el desierto al desierto de la oposición


Nos hemos acostumbrado a que febrero sea un mes donde las voces políticas se aquietan, en parte porque el Parlamento, tribuna natural de la diversidad de actores y posiciones, se cierra, pero también porque la mayor parte del Ejecutivo se va de vacaciones. No obstante, este ha sido un mes particular: no sólo la agenda nacional ha estado cargada de temas relevantes, sino que también la internacional. En esto, la creciente ausencia de la oposición ha sido evidente y da cuenta del desafío enorme que existe por delante para evitar que la travesía por el desierto que experimenta especialmente la ex Nueva Mayoría desde la última derrota presidencial, se transforme finalmente en un desierto de proyectos, de ideas y de acción.
Esto no quiere decir, por cierto, que el silencio durante este tiempo haya sido absoluto. Existen actores de oposición que organizados o en solitario, han reaccionado visiblemente frente a la agenda internacional hoy por hoy cargada a la crisis venezolana y también a la agenda de gobierno. Ha habido quienes, con justa razón, han denunciado el uso excesivo de la cuestión venezolana en la política interna y han planteado críticas a la concurrencia del Presidente de la República a Cúcuta, no por la relevancia que tiene la cuestión humanitaria en ese país, donde no habrá quién pueda desconocer la magnitud del desastre, sino por el abandono del multilateralismo para la solución de este tipo de materias. Ha habido también quienes han exigido evidencia a los titulares de las carteras de Educación, Salud e Interior, que durante las últimas semanas han realizado sendas declaraciones cuyo sustento ha sido, a lo menos, dudoso.
¿Por qué se ha notado más la ausencia de la oposición en esta oportunidad? Creo que confluyen dos factores. El primero, la falta de diagnóstico. A más de un año de la derrota, no ha habido aún un camino claro para entender la(s) causa(s) de lo sucedido. Mientras la ex Nueva Mayoría no ha logrado confluir todavía en una mirada común sobre los cambios de la sociedad y la dimensión del fracaso, el Frente Amplio ha estado preso de sus propias definiciones internas. Muestra de ello es la dificultad para arribar a un acuerdo “administrativo” para la conformación de comisiones y mesa en la Cámara de Diputados. El aparente temor a enfrentar las diferencias sustantivas entre las distintas oposiciones, ha generado un silencio que es, a ratos, desolador.
Lo segundo es la falta de proyecto de futuro. Es evidente que en la definición de identidad es un tema central. Una oposición real en democracia no es la que se opone u obstruye, es la que presenta alternativas, proyecto y es capaz de controlar al poder que se ejerce desde el Ejecutivo. Lograr hacer esto implica reflexión, debate y acción, no sólo en materia de políticas públicas, sino que de valores como la libertad, la igualdad y la defensa irrestricta a los valores de la democracia. Es claro que el desafío no sólo tiene repercusión nacional, sino que también internacional, porque es también el mundo el que se encuentra en re definición sobre el propio paradigma ordenador del poder y la democracia. En este sentido, reivindicar y dar contenido a una alternativa de izquierda democrática es un imperativo.
Para evitar que la oposición siga en esta travesía, es preciso que los actores que en ella confluyen tengan la capacidad de actuar en coro, con capacidad de amplificar sus visiones y sus miradas: Actuar en solitario en esto es simplemente una gota en el desierto. Por cierto, este debiera ser un tema de preocupación no sólo para la oposición, quienes creemos en la democracia y en la necesidad de que el poder se controle a través de los pesos y contrapesos entre las instituciones, debemos asumir que contar con una oposición(es) ordenada(s) es una buena noticia para el futuro del sistema político.

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