La trinchera ideológica



Por Maximiliano Duarte, investigador de la Fundación P!ensa

La promulgación de la ley que genera el nuevo Ingreso Familiar de Emergencia significará un alivio importante para millones de chilenos que actualmente carecen de los medios suficientes para soportar una cuarentena en condiciones apropiadas. Sin embargo, es importante recordar que dicha ley es fruto de un acuerdo político transversal del cual, lamentablemente, el grupo más extremo de la oposición -Partido Comunista y parte del Frente Amplio- se restó, dejando en evidencia que la conducción política de dicho sector descansará en los partidos tradicionales que conforman el ex bloque concertacionista.

Hace algunas semanas, el gobierno invitó a un amplio grupo de partidos de izquierda y derecha para llegar a un acuerdo económico. Todos percibieron, salvo los aludidos, lo que cualquier ciudadano entiende por “negociación”; la existencia de dos posiciones que a través del diálogo intentan buscar una alternativa favorable para todos los involucrados. Como en toda negociación, la solución es escogida entre un abanico de posibilidades que descansan entre dos extremos, que representan, a su vez, la situación ideal para una de las partes. Si lo acordado se identifica con un extremo podemos decir que uno de los convocados se llevó el gato al agua. Quienes acuden a una negociación entienden que ese escenario es bastante improbable, y también asumen que esa alternativa representa lo máximo que podrían obtener.

Dicho lo anterior, la extrema izquierda no renunció al acuerdo una vez que se retiró de la mesa negociadora, sino cuando fijaron como condición mínima el monto de 114.000 pesos de Ingreso Familiar de Emergencia. Fíjense como cambia la lógica, la situación ideal para una de las partes -el máximo a obtener- es planteado aquí como un mínimo. Ese razonamiento desdibuja el concepto de “negociación”, pues confunde condición y resultado en una misma figura, develando la siguiente paradoja: ya no sería necesario negociar, pues el resultado de dicha negociación es, a su vez, presupuesto para acudir al encuentro. En otras palabras, imaginen que con sus compañeros de trabajo deciden reunirse para acordar el lugar donde se realizará el paseo de fin de año, y uno de ellos señala que solo asistirá a la reunión si le aseguran que el paseo será en su casa. De aceptarse dicha condición, ¿de que serviría entonces la reunión?

Es importante reparar que tras ese comportamiento -que ha sido la tónica de los últimos meses- se esconde un problema aún más profundo que ya ha sido advertido por algunos académicos. Me refiero a la reducción de todos los problemas sociales a una decisión dicotómica entre dos opciones aparentemente incompatibles, que a su vez se proyectaría en un dilema moral. La condición mínima planteada en su momento por el Frente Amplio -los 114.000 pesos- respondería a un imperativo, de ahí que toda decisión arribada por la mesa negociadora solo podría ser catalogada de dos formas: moral e inmoral. No cabría una tercera calificación. Nótese que lo mismo ocurrió al comienzo de la crisis sanitaria, cuando el mismo sector entendía que estábamos ante el dilema “salud versus economía”, y que la cuarentena total nacional debía ser la única opción aceptable, pues cualquier decisión intermedia que atendiera al factor económico sería inmoral. El tiempo demostró que dicha contradicción no era tal, pues economía y salud son factores interdependientes; sin economía no hay salud -la gente también muerte de hambre-, y sin salud no hay economía.

Muchos han catalogado de “infantilismo” a este método de abordar los asuntos de interés público. Bobbio diría que, más que infantilismo, ahí yace un problema de lógica formal. En el campo de las decisiones políticas no todo es blanco y negro. Muchas veces, tal como en este caso, la solución es obtenida desde una amplia gama de grises. La díada no estaría conformada por términos contradictorios -donde opera la regla del tercero excluido-, sino por términos contrarios, entre los cuales se encuentra una tercera alternativa que no responde ni a un término ni a otro -tercero incluido-. No obstante, para arribar a esa solución es necesario contar con herramientas hermenéuticas que no se encuentran en el repertorio de los extremos del espectro político. Porque esos grupos no están interesados en negociar. Porque estiman que el de la vereda de al frente es un enemigo y no un adversario político. Porque simplemente no están dispuestos a salir de la trinchera ideológica.

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