La vacuna y el paracetamol

Machado es profesor Asistente del Instituto de Economía UC, y Pereira, profesora de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad de los Andes.



Recientemente el mandatario de Brasil, Jair Bolsonaro, anunció que no se vacunará contra el COVID-19, alertando que no se responsabiliza si alguien convertirse en un caimán al vacunarse. Felizmente, en Chile el debate está más sensato, y nadie necesita convencer al lector de que vacunarse no lo transformará en un animal típico de la fauna chilena, como la alpaca o el gato andino.

Chile ha sido uno de los primeros países a empezar la vacunación contra el Covid-19. Sin embargo, tardará hasta que tengamos vacunas para todos. La OMS ha sugerido grupos que deberían recibir prioridad en la vacunación, teniendo en cuenta, sobre todo, criterios morales y de salud. Pero quizá la manera como economistas usualmente piensan la asignación de recursos en la sociedad puede aportar a la discusión.

Así como otros bienes que consumimos, la vacuna es un recurso escaso. Una solución común para asignar dichos recursos es el mercado. ¿Sería buena idea distribuir vacunas vía el mercado? ¿Deberían las vacunas ser vendidas en las farmacias tal cual el paracetamol? La respuesta pasa por entender la diferencia entre la vacuna y el paracetamol.

Vacunas generan dos tipos de beneficios. Uno es privado: Al vacunarse, uno reduce la probabilidad de infectarse. El otro es social: Al vacunarse, uno reduce la probabilidad de infectar a los demás (se genera una externalidad positiva). Diferentemente, el acto de tomarse un paracetamol probablemente solo afecta a uno mismo. Si los individuos priorizan su beneficio privado, muchos pueden no estar dispuestos a pagar el precio de inmunizarse, aunque el beneficio social sea alto. Por ejemplo, un joven y saludable conductor de Uber puede tener bajos incentivos a pagar para inmunizarse, aunque hacerlo sea muy benéfico para la sociedad.

Una buena asignación vía mercado requiere alinear el interés individual con el colectivo, lo que ni siempre es simple. Otra solución es centralizar la distribución de vacunas en el Estado, como lo está haciendo Chile. Pero cualquier solución debe partir por identificar los grupos donde el beneficio social de un individuo no infectarse es mucho mayor que su beneficio privado. Personas que, además de interactuar con muchos, tienen bajos incentivos privados a cuidarse deberían recibir la vacuna temprano.

Además de factores como edad y comorbilidades, los incentivos individuales y las externalidades deben estar presentes en la discusión sobre las vacunas (en cualquier lugar donde no se esté perdiendo el tiempo con caimanes).

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