¿Llegamos a tiempo?
Para 2050 se proyectan 35 millones de nuevos casos de cáncer al año, impulsados por el envejecimiento de la población, el crecimiento demográfico y el aumento de los factores de riesgo. Si se consideran también a familiares y cuidadores, cerca del 92% de la población mundial se verá afectada directa o indirectamente por esta enfermedad. Estas son algunas de las cifras que arroja el Informe Mundial sobre el Cáncer de la Organización Mundial de la Salud (OMS).
Sin embargo, lo más alarmante no son los números, sino una verdad incómoda que interpela a todos los países. Hoy, el principal desafío para enfrentar el cáncer no es la falta de conocimiento, sino la capacidad de llevarlo a la práctica. Nunca habíamos sabido tanto sobre cómo prevenir, diagnosticar y tratar esta enfermedad. Las intervenciones eficaces están identificadas; lo que sigue fallando es su implementación sostenida y su financiamiento.
La OMS concluye que el futuro del control del cáncer dependerá de las decisiones que los países adopten hoy. La prioridad es cerrar la brecha entre el conocimiento disponible y su aplicación efectiva, poniendo a las personas en el centro de las políticas públicas y fortaleciendo los sistemas de salud para garantizar un acceso equitativo a la prevención, el diagnóstico, el tratamiento, la rehabilitación y los cuidados paliativos. En otras palabras, actuar a tiempo.
Durante décadas nos preguntamos cómo vencer el cáncer. Hoy, este informe nos invita a cambiar el foco de la discusión: ¿por qué, si conocemos tanto, seguimos llegando tarde?
Nunca habíamos acumulado tanta evidencia. Conocemos el impacto de la prevención, la vacunación, el diagnóstico precoz y los tratamientos oportunos. Sabemos que unas pocas semanas pueden cambiar el pronóstico de una persona. El conocimiento existe; la verdadera brecha está en convertirlo en atención oportuna.
Chile tiene razones para mirar este informe con especial atención. En los últimos años hemos construido una institucionalidad robusta, con una Ley Nacional del Cáncer, un Plan Nacional del Cáncer y garantías explícitas para distintas patologías. La reciente Alerta Sanitaria Oncológica constituye una señal en la dirección correcta: reconoce la urgencia del problema y moviliza capacidades extraordinarias para enfrentarlo.
Pero su mayor aporte puede ser otro: recordarnos que la oportunidad no puede depender de una alerta excepcional. Debe transformarse en una capacidad permanente del sistema de salud. Porque el cáncer no avanza al ritmo de los presupuestos ni de los procedimientos administrativos; avanza al ritmo de la biología.
Existe una tentación permanente en las políticas públicas: creer que innovar consiste únicamente en incorporar más tecnología. Sin embargo, el informe de la OMS plantea algo distinto. La innovación que hoy puede salvar más vidas es lograr que una persona acceda a una biopsia, una mamografía, una colonoscopia o una radioterapia cuando aún es posible cambiar el curso de la enfermedad. Llegar antes sigue siendo mucho más transformador que llegar tarde, incluso con mejores herramientas.
Eso exige una conversación distinta. No solo sobre cuánto invertimos, sino también sobre cómo organizamos las redes asistenciales, cómo utilizamos los datos para anticiparnos, cómo reducimos las brechas territoriales y cómo articulamos, con reglas claras, todas las capacidades disponibles para que ninguna persona pierda oportunidades por el lugar donde vive o por la demora de un trámite.
El cáncer se ha convertido en un examen para los sistemas de salud. No gana quien anuncia más programas ni quien incorpora la tecnología más sofisticada. Gana quien consigue que el conocimiento, los recursos y las oportunidades lleguen a tiempo a las personas.
Por Paula Daza, Directora Ejecutiva de CIPS UDD, Facultad de Gobierno
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