Los winners



Por César Barros, economista

Según dicen, en un encuentro hace muchos años, los embajadores sudamericanos ante la OEA, para matar el tiempo, decidieron votar sobre cuál era el país más soberbio representado en el lote. Cada uno escribió su opción y el “decano” del cuerpo diplomático abrió la urna y ¡oh, sorpresa! No fue elegida Argentina, sino...Chilito.

Tamaña sorpresa para el embajador chileno, que pidió explicaciones. Y éstas no tardaron en ver la luz. Ustedes, en su soberbia, fueron el último país en abandonar el patrón oro en la crisis de los años 30; en la Segunda Guerra Mundial fueron neutrales hasta casi el final; en medio de la Guerra Fría, se pasan al bando de la URSS, y después, en contra de los EE.UU. en el tema de los DD.HH. Luego, fueron el único de la región que en el caso Malvinas ayudó a Inglaterra; y ya en democracia, le cortaron la luz a la Casa Rosada y se opusieron a la invasión de Irak por parte de los EE.UU. y sus aliados de la OTAN.

El embajador chileno se quedó helado: aunque muchos de aquellos hechos eran más que justificados y/o justificables, reflejaban nuestra imagen en la región.

Pero con la pandemia, sí que nos equivocamos: quisimos pasar por país winner comparable a los mejores del globo. Aunque según Bloomberg, Chile “siguió el ejemplo de las naciones ricas, solo para darse cuenta, una vez más, que un gran porcentaje de sus ciudadanos son pobres, un eco de la desconexión entre el gobierno y la nación...”.

Pretendimos ser “winners”: estábamos súper preparados hacía meses, la cuarentena dinámica era buenísima y quienes lo discutían eran ignorantes. Habíamos llegado a “la meseta” y el problema económico se arreglaba solo con unos US$ 4.000 millones. Había que guardar las balas del país winner.

Bueno: hasta por ahí no más llegó el país winner. Número 9 en contagiados, 177 muertos por millón, bien arriba en el ranking y el ministro -mal aconsejado por otros winners- “no tenía conciencia de la magnitud de la pobreza y el hacinamiento...” del jaguar latinoamericano. Hubo que disponerse a gastar US$ 12.000 millones (hasta ahora), y cambiar ministros winners por otros más humildes. Pero el espíritu del winner sigue vivo, como el del alacrán con la rana. Y a cada rato seguimos escuchando lo bien que lo estamos haciendo. Sería bueno que ciertos liderazgos aprendieran -remedando a Alessandri Palma- que “la soberbia nada engendra, solo la humildad es fecunda”.

Y esto no es crítica exclusiva a este gobierno. Solo recordemos las visitas a los “like minded countries” como Finlandia y otros, y las pretensiones de liderazgo en el continente. Sin olvidar tampoco a nuestros empresarios: aunque era medio en broma, aquello de “seremos un gran país económico, desde el Pacifico hasta el Atlantico”, para después regresar de la aventura transandina “cauda intra crura”.

Chile es un país chico. De geografía complicada. Más ordenada que sus vecinos gracias al genio de don Diego Portales, y algo más pudientes gracias al denostado neoliberalismo. Pero de ahí a tener la capacidad económica de España o Francia, su nivel de educación, sus economías de bienestar, y -su tan envidiada- mayor igualdad económica y social, producida por sangrientas guerras y revoluciones, y no por sus impuestos, estamos muy lejos.

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