Más allá del presidencialismo

Cuenta Pública



Por Miguel Ángel Fernández, director ejecutivo Fundación Aire Nuevo

Una revisión de propuestas constitucionales, publicadas por diferentes instituciones, arroja algún grado de consenso en torno al cambio de la forma de gobierno, desde un presidencialismo hacia un modelo semi-presidencial. Dicha convicción nace desde las encuestas –donde se favorece el cambio, pero a la vez no se quiere dar mayores atribuciones a legisladores– y lo que parece ser una sentimental idea sobre cómo el modelo francés puede entregar mayor gobernabilidad. El espíritu de esta propuesta estaría vinculado a las “bondades” de un mayor equilibrio entre el Legislativo y Ejecutivo.

Sin duda, Chile necesita una mejor convivencia y coordinación entre el Jefe de gobierno y el Congreso. La parálisis legislativa que se vive, en donde proyectos en temas tan sensibles como seguridad se encuentran en un coma profundo, es atribuida por algunos al régimen actual. Sin embargo, del estancamiento del proceso de formación de políticas públicas no se puede culpar solo al presidencialismo, sino más bien a la unión de diversos elementos, en los cuales intervienen la polarización de la élite, y el efecto mecánico y psicológico del sistema electoral actual.

Entonces, mirar al presidencialismo exclusivamente para emitir su fin o continuidad es un error. El debate que tendrá lugar en la Convención tiene la responsabilidad de plantear un sistema que cumpla con dos, mínimos, objetivos para lograr buena gobernanza. Primero, construir mecanismos que den fuerza y legitimidad a la autoridad; y, segundo, tener la capacidad de integrar al país.

Lo central es instalar los incentivos correctos para que, siguiendo nuestra historia y cultura política, se establezcan mecanismos que mejoren la capacidad, respuesta, retroalimentación y cooperación de las diferentes ramas de la estructura política. La clave son las provisiones constitucionales, es decir, las normas que regulan la relación entre los poderes. De esta forma, y observando el sistema en sí, el futuro del buen gobierno está en el poder práctico, y no únicamente en el gran marco institucional. Por ello la variedad de resultados de los semi-presidencialismos en el mundo, en donde si bien Francia será el gran ejemplo (a pesar de estar empatado en el índice de gobernanza del Banco Mundial con Chile), países como Argelia o Burkina Faso muestran la otra cara. La lección es sencilla y evidente: evitar enamorarse de un pilar, para poner el foco en la coherencia entre las partes de la estructura.

Chile debe mantener su modelo presidencial, y simultáneamente moderarlo, para dar espacio a un trabajo cercano con el Congreso. Ello logrará una autoridad legítima y un espacio político inclusivo. En dicha línea, uno de los caminos a considerar es, por ejemplo, restringir la cantidad de urgencias desde el Ejecutivo, y a su vez forzar al Legislativo a discutir y resolver –en un tiempo acotado– un número de ellas. La gobernabilidad no se deposita únicamente en el régimen de gobierno, y por ello debemos ver más allá del presidencialismo.

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