Monostatos
Monostatos es un personaje secundario y bufonesco de “La flauta mágica” de Mozart, ese musical que vio nacer el hacinado teatro de los barrios populares del siglo XVIII. Su nombre procede del griego y puede traducirse como “el autoerigido” o, si se me permite la licencia, el “self-made man” en edición pirateada.
En el libreto escrito por el empresario teatral Schikaneder al que puso música Mozart, Monostatos comienza como el carcelero al servicio del prestigioso Sarastro, sumo sacerdote de dioses egipcios, pero termina sus días como alcahuete de la Reina de la Noche, una señora que se hace la víctima de aquel prohombre.
Al revés del guapo y despistado príncipe Tamino, que en un principio recibe el encargo de aquella Lilith para que rescate a su hija Pamina de la cautividad en que la mantiene Sarastro, para luego pasarse al bando de este último, Monostatos comienza como peón de la luz y termina como alfil de las sombras.
La inteligencia de la simbología ilustrada es deslumbrante. Los seis protagonistas de esta ópera son pares (Tamino y Pamina; Sarastro y la Reina; Papageno y Papagena, los encantados plebeyos que pueblan el mundo con retoños). El primer y el último dúo funcionan. El segundo, nunca. Dos casorios y un irremediable divorcio. Pero Monostatos, siempre solo, en un momento intenta violar a Pamina, aprovechando que está a su cuidado.
La iracunda Reina de la Noche, que lo detiene justo a tiempo, es la que lo emplea para atacar el imperio de las luces. En una escena ridícula y pretenciosa, la Reina y sus damas son conducidas a través de los laberintos que él de sobra conoce, pero la banda de insidiosas bienvestidas es derrotada y arrojada a la oscuridad eterna.
Hay quienes piensan que el guacho Monostatos es una especie de Calibán, el monstruo lugareño al servicio del mago Próspero, en “La tempestad” de Shakespeare, ese mismo que le grita a su patrón: “Me enseñaste tu lengua y ahora te maldigo en ella”.
Se dice también que Monostatos es el bajofondo del poder ilustrado. Su único destino son los trabajos sucios. Y él, en esa condición tan subalterna, prefiere finalmente los encargos de la maldad, quizá porque se identifica más con ella.
Puede ser que Monostatos corresponda a lo que en el buen romance se conoce como “mano mora”, una misteriosa extremidad abandonada y siempre animada, como si fuese la cola mocha de una lagartija, de la que, habría que agregar aquí, muchos pueden servirse para retirar castañas del fuego, como se hacía en la fábula con la pata delantera de los consentidos felinos llamados gatos. Así, Monostatos no está solo del todo; sirve a distintos reinos entre abandono y abandono.
Posiblemente, fue Beethoven el que, admirador declarado de “La flauta mágica”, redimió a Monostatos. En su única ópera “Fidelio”, Rocco (no confundir con Sifredi) el anciano carcelero que sirve al déspota alcaide Pizarro, ejecuta con pausada virilidad la liberación de los presos políticos. Su mano solitaria ya no está sola.
Por Joaquín Trujillo, investigador CEP
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