Necesitamos concebir un proyecto país

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Tenemos recursos naturales, personas capacitadas, empresas competitivas, partidos políticos, instituciones religiosas, democracia, ordenamiento jurídico, tecnologías. Lo que no tenemos es un proyecto país.

Son cada vez más los proyectos -ya no ideologías ni religiones- los que, en el mundo actual, pueden aglutinar, en una dinámica vitalizante, lo que está enemistado, desperdigado o desperdiciado.

Un proyecto no es -como erradamente se suele pensar- una secuencia mecánica de actividades en el tiempo. Tampoco es lo mismo que "ejecución", como se entiende cuando sus orientaciones son definidas por alguna autoridad. Es esencialmente una iniciativa humana, cuya singularidad y principal desafío está en su concepción; en ella se genera hasta el 85% del valor. Un gran número de proyectos no cumple sus objetivos porque obvía o desconoce esa etapa germinal.

Una reciente metodología que permite abordar sistemáticamente la concepción de un proyecto es la Teoría U de Otto Scharmer, profesor del MIT. Propone un proceso creativo que pasa por tres niveles: el pensar, el sentir y la voluntad. Esta metodología recibió un impulso fundamental en la crisis del Apartheid en Sudáfrica de la mano de Adam Kahane, quien fue convocado a dirigir unas reuniones entre partidarios, detractores y víctimas del Apartheid -los ahora famosos diálogos de Mont Fleur- para concebir una manera de vivir sin él. El primer paso fue escucharse, "abrir la mente" a las ideas de los otros. Pero se llegó a un momento de denso silencio, donde nadie sabía cómo seguir. Entonces una persona habló, pero no ya desde sus ideas, sino para contar su propia vida. Todos escucharon con respeto e hicieron lo mismo: "Abrir el corazón".

¿Y luego? El tercer paso, el más difícil, fue construir un propósito común entre víctimas y victimarios, separados por una larga historia de violencia y segregación: "abrir la voluntad" a un futuro deseable para todos. Ello requiere "dejar ir" la propia historia, las ideas y emociones -cosa muy difícil, porque erradamente creemos que eso es lo que nos constituye como personas- y acoger lo nuevo que, como semilla, ha emergido colectivamente en el proceso.

¿Cuál será ese futuro que quiere emerger hoy en Chile? Ni el debate ideológico, ni menos el intento de imponer la voluntad propia, parecen ser el camino.

Urge adquirir maestría en proyectos: lograr salir del encierro de los propios juicios y sentimientos, abrir la mente y llegar a concebir una gran idea; saber abrir el corazón a los otros; y, por fin, poder dar el paso decisivo: construir una voluntad común de ser país no solo con los compañeros de curso, sino también con aquellos que hasta ahora hemos considerado nuestros enconados adversarios.

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