Opinión

Notas sobre un escándalo

Jeffrey Epstein

El caso Epstein tiene tantos costados como versiones tenía su cabecilla: había un Jeffrey Epstein brillante a la hora de crear estructuras de elusión de impuestos para las grandes fortunas y gestionar finanzas; otro, que ejercía de patronazgo de las ciencias; un tercero que, al parecer, fungía como agente de inteligencia; un cuarto, que era el organizador de fiestas y reuniones sociales, y el más importante, el amigo de sus amigos (ricos y poderosos). El fallecido pederasta encarnaba un arquetipo polifronte similar a tantos en la historia, la figura del perverso astuto de buenas maneras que trepa sonriente y talentoso, encumbrándose lo suficiente como para que sus abusos y crímenes gocen de la protección lograda gracias a los favores concedidos y las dependencias forzadas. En cuestiones de infamias y crueldades, lo que cambian son las tecnologías, las formas y el alcance del daño provocado, no los métodos ni las estrategias. Visto así, Epstein -sus mansiones, su isla, su jet, su troupe- aparece como un patriarca moderno, civilizado, muy distinto, por cierto, al criminal narco o al dictador de republiqueta tropical cuyas desmesuras sexuales y delitos se ajustan al mundo del atraso y la barbarie que habita; Epstein era más de galerías de arte y temporadas en París, un sujeto tan occidental y educado que incluso se permitía el detalle de ser racista al momento de seleccionar a sus víctimas. De alguna forma se podría concluir rápidamente que todo estaba dicho, que no hay nada nuevo bajo el sol, que ya se sabe lo que ocurre cuando el poder se acumula hasta reventar, que los bordes del deseo masculino tienen una costura oscura y sórdida que cuesta enfrentar con franqueza -así lo demuestran los datos estadísticos de violaciones a menores de edad de cualquier país-, que las instituciones de justicia son poco más que fantasías dúctiles a los propósitos individuales cuando se acumula la fortuna necesaria para burlarse de ellas y ver a los comunes y corrientes como criaturas menores al servicio de los dioses. Pero sí creo que hay algo nuevo en este caso al que cuesta asomarse, porque es un vertedero inabarcable, según lo registran los archivos liberados.

Hay quienes han comparado los hechos descritos en el caso con la película Saló, de Pasolini, o Eyes wide shut, de Stanley Kubrick (a su vez basada en un relato de Arthur Schnitzler de 1926), pero en esas obras la perversión es representada como un acto coreográfico ritual al servicio de una puesta en escena teatral de estética sado-maso iniciática ofrendada a la mirada burguesa como quien representa un cuadro viviente. El suspenso en el que queda la moral en estos casos guarda más relación con el Jardín de los deseos, de El Bosco, que con el despunte de perturbadora ordinariez de un retrato del expríncipe Andrés de Inglaterra gateando sobre el cuerpo de una muchacha tendida en el piso o de un embajador en calzoncillos. Aquí no hay disimulo estético, ni filtro de color. Incluso, las fotos al interior del avión privado que llevaba hacia la isla de los acontecimientos principales lucen una vulgaridad que contrasta con los rostros de satisfacción de sus pasajeros. Los detalles del caso han salpicado a lo que se conoce actualmente como la “élite global”, no tan solo por las imágenes, sino por la crudeza de una forma de vida ociosa y predatoria que se ventila en la correspondencia publicada: una princesa noruega que decide elegir a Epstein como amigo y confidente después de que fuera condenado por sus delitos con menores de edad; la complicidad festiva entre el pederasta y dos presidentes -Clinton y Trump- que revela que la falta de escrúpulos no tiene color político; la amistad y el apoyo de un intelectual de izquierda, como Noam Chomsky, que escribía en favor de los oprimidos mientras compadreaba con un opresor de primera línea; la relación íntima con Ghislaine Maxwell, la heredera británica que ejerció de alcahueta y cómplice y que acabó como la única convicta de una trama demasiado amplia como para tenerla a ella como única responsable. Traficar gente no es algo que puedan hacer solo un par de personas. Junto a Epstein hubo magnates tecnológicos, empresarios, diplomáticos, políticos, artistas, celebridades, académicos.

Quizás el principal sello distintivo de este caso respecto de otros que involucran abusos sexuales y tráfico de personas es el hecho de que en lugar de ocurrir dentro de una organización jerárquica cerrada -como una mafia, una secta, un grupo específico con una estructura interna que responde a un líder-, esto involucrara personas cuyo único vínculo era la pertenencia a un círculo social global de privilegiados. Ese elemento no es irrelevante en un mundo actual de crisis de las democracias, en donde la desconfianza en las élites es un rasgo que se repite y se profundiza para provecho de los populismos fascistoides. El mensaje claro, crudo y sin disimulo que deja el caso Epstein es que para una red de poderosos las leyes y la moral son un estorbo que los tiene sin cuidado, porque se saben inmunes a las reglas, incluso en el país que hasta hace poco era considerado como paladín de la democracia, campeón de las libertades y de los finales felices: allí las instituciones tampoco funcionan y las víctimas de Epstein han sido acalladas y amedrentadas durante años, incluso algunas murieron sin lograr justicia.

Otro rasgo distintivo del caso Epstein es que la escala del basural que se va conociendo es tan grande, que fácilmente se confunde en el océano de desinformaciones y fantasías conspirativas que domina las redes sociales en la era de la crisis de los medios de comunicación tradicionales y de ascenso del autoritarismo. Finalmente, todo parece indicar que no será la justicia la que se imponga, sino quien sepa capitalizar con mayor astucia la mugre esparcida y hacer que del asombro pasemos rápidamente al olvido.

Más sobre:Jeffrey EpsteinEstados UnidosGhislaine MaxwellÓscar Contardo

Plan Digital + LT Beneficios por 3 meses

Infórmate mejor y accede a beneficios exclusivos$6.990/mes SUSCRÍBETE