País irreconocible



Por Alfredo Jocelyn-Holt, historiador

Un amigo me comenta que Chile se ha vuelto irreconocible y, en verdad, cuesta dar con una mejor explicación de lo que estamos viviendo. El “Chile cambió”-el anuncio que Bachelet hiciera hace casi ocho años (y con qué triunfalismo anticipado lo proclamó, ¿se recuerdan?)-, como que se queda atrás y corto. Capta apenas las dinámicas desatadas que han continuado imperando. Seguimos en esto a la Bachelet, y lo de las quemas de iglesias en La Araucanía y la profanación del Cristo de La Gratitud Nacional, ambas del 2016, darían cuenta a lo sumo de un creciente vandalismo pirómano, y eso que apuntan a algo, obviamente, más grave.

Destaco estos hechos puntuales porque ¿qué puede esperarse que quede en pie y libre de amenazas en una sociedad que consagra el sacrilegio como manera de protestar? Umbral que hace rato cruzamos. Días después del 18-O, todavía atontados, hubo quienes no atinaban sino a sostener que el estallido había sido “imprevisible”. En marzo del año siguiente ya se temía que pudiera repetirse. Lo que es ahora último, el PC anuncia descaradamente, poco menos que con fecha y hora, cuándo volverá a ocurrir, de lo contrario no les funciona la extorsión con que pretenden aterrar.

Prefiero atenerme a lo de mi amigo, Chile no es que cambió, se ha vuelto insondable, cuesta hallarse, sentirse afín en un ambiente enajenante como el actual. Supera toda comprensión y no calza con lo que un mínimo de realismo aconseja. Hemos dejado de pensarnos como un país vulnerable perdido en el mapa, de escasos recursos, también humanos, donde ha sido siempre todo muy difícil y seguirá siéndolo. Se ha impuesto la idea de que somos jaguares exitosos e imparables, a la manera de Piñera, también a la de Bachelet y su “Chile puede más”. Aunque si “todo lo podemos” ¿qué impide que obsesiones de ese tipo se conviertan en bumerán, castigo y mortificación eventual, perversamente, tras arrasar con tanta cosa que habiendo costado construir, lamentaremos a poco andar luego de haberlas perdido?

Lo otro que parece haberse olvidado es que el país, lo bueno y lo malo, lo han hecho muchos, no solo algunos. Desde hace cien años todas las fuerzas políticas organizadas han gobernado, dato ineludible. ¿Por qué, entonces, las culpas habrían de cobrarse a unos y no a otros, debiendo repartirse por igual? Es más, si algo aprendimos del siglo XX es que al final de cuentas, lo que se tuvo por cierto y probable por quienes, con toda arrogancia creían controlar la historia, muy pronto, esa misma historia en clave opuesta se encargó de frustrar.

Hay otro dato a tener en cuenta. Tres países de América Latina ya antes han recorrido este trayecto volviéndose irreconocibles luego de haber sido prósperos y de punta en el continente: Cuba, Venezuela y Argentina. Dato tremendo, como para quitarle el sueño a cualquiera.

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