Participación: una grata sorpresa



Por María Jaraquemada, oficial de programa para Chile y el Cono Sur de IDEA Internacional

El domingo 19 de diciembre se llevó a cabo una segunda vuelta presidencial que se presumía infartante y voto a voto, rodeada de incertidumbre por muchas de las novedades a las que nos enfrentábamos. Por primera vez desde el retorno a la democracia los candidatos no pertenecían a los dos conglomerados que han gobernado desde entonces, ninguno contaba con más de un 30% del apoyo en la primera vuelta y la participación electoral era una incógnita luego de una gran participación en el plebiscito pero que baja nuevamente en las elecciones de mayo y la primera vuelta. Por lo anterior, hubo varias sorpresas el domingo: el triunfo de Gabriel Boric con más de 10 puntos de ventaja sobre José Antonio Kast y una importante alza en la participación electoral.

Desde el plebiscito del 88 fue decreciendo sostenidamente la participación electoral, el padrón fue envejeciendo y las personas jóvenes optaban por no inscribirse de modo de no verse obligadas a participar. Con el voto voluntario e inscripción automática, el padrón electoral aumentó notoriamente, pero se mantuvo el fenómeno de una gran abstención, particularmente de las personas sub 50. El plebiscito de 2020 nos trajo la esperanza de que esto se comenzara a revertir, con 7,5 millones de personas participando a pesar de ser el primer proceso electoral en pandemia. También nos esperanzó de una reconexión de las personas más jóvenes con la política (no necesariamente partidista) y de sectores más populares.

Sin embargo, la elección de gobiernos locales y constituyentes en mayo fue un balde de agua fría, con un 43% de participación. Por eso, que en esta segunda vuelta hayan votado más de 8 millones de personas -un 55% del padrón-, destacando, según análisis de Decide Chile, que las personas sub 50 y sectores populares también aumentaron notoriamente su participación, es una gran noticia. No para ser autocomplacientes, mal que mal todavía casi la mitad de las personas habilitadas no se animan a participar, pero podemos intentar extraer conclusiones para el futuro, en pleno proceso constituyente.

Las personas más jóvenes se movilizan e involucran cuando perciben oportunidades de cambio o de realmente influir en una elección, como ocurrió con el plebiscito y esta segunda vuelta. Lo mismo ocurriría con sectores más populares, que normalmente sienten que su voto no vale lo mismo que el de personas más privilegiadas, sumado a una gran desconfianza en las instituciones políticas.

Por lo anterior, solo reinstaurar la obligatoriedad del voto no será suficiente para convocar a las urnas, sino que requiere ir de la mano de medidas que contribuyan a recuperar las confianzas ciudadanas -transparencia, rendición de cuentas, participación ciudadana, entre otras- y que los partidos políticos se vayan renovando y reconectando con la ciudadanía, de modo que vuelvan a cumplir su rol de intermediación. De este modo, se podrá ir cambiando la percepción de que “mi voto no influye” y, ojalá, ir aumentando la participación electoral, clave para tener una democracia sana, inclusiva y legítima.

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