Macarena Ibarra

Macarena Ibarra

Jefa Diplomado en Educación Patrimonial UC

Opinión

Patrimonio en construcción

Locomotora a vapor en la Estación Central.

La celebración del último Día del Patrimonio Cultural, en mayo pasado, con actividades en todo Chile y con una amplia audiencia, confirmó, un año más, que el patrimonio actualmente es de interés ciudadano. Pero este festejo, en su versión número diecinueve, también demostró que el significado actual del patrimonio es muy diverso. De las tradicionales visitas a monumentos nacionales, como parte de las actividades de esta conmemoración, se han venido sumando también recorridos, rutas, muestras y exposiciones e, incluso, charlas y talleres, y la celebración de fiestas y juegos tradicionales. Es decir, actividades relacionadas a experiencias reconocidas por una comunidad local como parte de su patrimonio inmaterial. Lo interesante es que, actualmente, esta celebración es reveladora de la manera en la que se entiende el patrimonio.

El concepto de patrimonio ha dejado de referir solo a monumentos y sus atributos refieren más que a su valor de antigüedad, o a su valor artístico o científico. Hoy, el patrimonio, se concibe como una noción que resulta de la valoración de un objeto –material, inmaterial, cultural o natural- y cuyos atributos son tan diversos como significados tenga para un grupo. Pero el gran cambio que ha experimentado este concepto en los últimos años es que cada vez es más frecuente que sea la comunidad quien lo legitima. Ilustrativo es, en este sentido, cómo desde la primera solicitud de zona típica gestionada por la sociedad civil, en 1989, este número se incrementó notablemente en las décadas siguientes.

El gradual giro desde la mirada monumental a la valoración de lo social y de lo cotidiano, y desde una visión exclusiva de expertos a la participación de comunidades, grupos e individuos, se ha llamado por varios autores, como “desacralización del patrimonio”, lo que coincide justamente con el giro de ese proceso clásico de patrimonialización a un proceso liderado por la comunidad. Al ser los ciudadanos los principales legitimadores del patrimonio, -forman parte del debate público en su más amplio sentido, desde los procesos de patrimonialización hasta su gestión-, la educación patrimonial cobra gran vigencia.

La educación patrimonial se refiere tanto a niños y jóvenes como a todos los ciudadanos. En el ámbito formal, es decir, en el ámbito curricular, los planes y programas de estudios escolares a nivel nacional, han comenzado hace ya algunos años a incorporar contenidos vinculados al patrimonio cultural, en diversas asginaturas. La riqueza de este tema a nivel curricular, es que permite vincular disciplinas y asignaturas a través de un tópico que permite potenciar una serie de objetivos transversales. También, en términos no formales, a través de actividades de difusión y de extensión, instituciones, como el propio Consejo de Monumentos Nacionales, y otras organizaciones de la sociedad civil, han instalado el tema en la agenda nacional.

Las iniciativas de educación patrimonial no formales tienen tanto impacto en la comunidad como en aquellas destinadas a niños y jóvenes en establecimientos escolares. Un catastro realizado en Chile, el año 2016, registró que, de las 346 comunas chilenas, solo 38 contaban con iniciativas de educación patrimonial, esto es con proyectos, planes y programas orientados al rescate, transmisión y difusión del conocimiento en torno al patrimonio en una comuna o localidad de algún tipo. Pero lo que vale la pena destacar es que las iniciativas de educación patrimonial pueden ser una buena oportunidad de mejorar la calidad de vida en tanto pueden orientarse a construir una identidad consensuada entre sus habitantes o apuntar a promover planes que incentiven de buena manera actividades como el turismo y el comercio. La actual Política Nacional de Desarrollo Urbano así lo concibe al orientar en un vínculo entre el urbanismo y el patrimonio local, con el fin de beneficiar a los habitantes y potenciar identidades locales que aporten a la construcción y conservación de sus espacios urbanos. Y es que todo patrimonio se construye en un territorio y la educación patrimonial obliga a reforzar ese nexo.

El gran cambio que ha conllevado a esta nueva mirada de la noción de patrimonio en las últimas décadas obliga a comprender el patrimonio como un proceso, más que un evento. Como largo proceso, está siempre en construcción. Y la mirada educativa, permite no solo reconocer el patrimonio, sino que entender mejor los procesos asociados a su gestión; las consecuencias de su patrimonialización; o cómo puede ser un punto de partida de desarrollo comunitario. En este sentido, hay mucho por hacer. Y también hay mucho que aprender. Al ser un tema que está en la agenda no solo de especialistas y expertos que entienden sobre el patrimonio, sino que también al ser un asunto que pertenece a todos, y donde cada ciudadano participa en su reconocimiento, conservación, gestión y uso, la educación patrimonial es un campo emergente. Campo emergente porque el patrimonio ya no siempre cumple un rol nacional. El patrimonio dejó de ser muestra de una identidad única, y aparece como un espacio en el que diversas identidades, minorías, realidades locales, se identifican, se representan y se proyectan. Patrimonio es pasado, presente y, especialmente, futuro.

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