Por Álvaro OrtúzarPena de muerte

Christa Pike es una mujer que a los 18 años asesinó cruelmente a una compañera y amiga. Christa trabajaba en una organización que ayuda a personas jóvenes con bajos ingresos. Allí conoció a Tadaryl Shipp. Luego de un tiempo empezaron un noviazgo; sin embargo, la relación que hubo entre ellos fue muy singular. Existen antecedentes en el proceso penal que se llevó a cabo que ambos practicaban ritos satánicos. Es posible que en ese contexto hayan nacido los profundos celos que Christa desarrolló contra una compañera de trabajo que, según creía, le estaba robando a su novio. Dolida y furiosa, Christa compartió su sentimiento con una tercera amiga. Azuzándose ambas desde los inescrutables y oscuros laberintos de la mente, los celos dieron lugar al odio. Así fue como entre los tres planearon llevar a la presunta culpable del agravio -la joven Steimmer- a un bosque donde la asesinarían en forma tan salvaje que es preferible omitir esas referencias. Solo sacándola de este mundo, Christa recuperaría la paz. El caso alcanzó gran notoriedad en Estados Unidos, particularmente en el estado de Tennessee. Tras un largo juicio, Christa Pike fue condenada a la pena máxima para una persona. Así, pasó casi tres décadas en el corredor de la muerte hasta que se llevó cabo la ejecución frente a autoridades y público escogido. Dos dosis letales de pentobarbital no la mataron. Nadie podía creer cómo ocurrió. Pero era así, y resulta que algunos periodistas -que actuaban como testigos en la ejecución- se quedaron algo de una hora al lado de la ejecutada y constataron que respiraba. Como es de suponer, no existen protocolos para casos como este y, desde luego, tampoco se sabe en qué condiciones físicas y mentales quedará la mujer luego de su rehabilitación. Nadie ha dicho, tampoco, que habrá un tercer intento con dosis de pentobarbital.
Pues bien, hemos procurado resumir el caso con unos breves datos. De lo que se trata en esta columna es reflexionar sobre la historia que precede a la pena de muerte. En la mayoría -por no decir la totalidad- de los casos, circunstancias humanas, odiosidades, vicios, castigos, sucesos tristes, desgarradores terminan en crímenes que la sociedad no tolera y que, sin embargo, en parte es responsable del hecho final. Así pues, no es del todo equivocado sostener que las vivencias previas y trágicas de los homicidas son la causa primera del crimen. Nosotros, los que desde muy lejos somos observadores del caso, solemos detenernos en el hecho de la muerte y las perturbadoras circunstancias en que se ejecuta el delito. Los crímenes se tejen y son urdidos desde las primeras experiencias, aunque no exista conciencia de ello. Haber sufrido maldad, maltrato, desprecio, rabia, soledad, en una sociedad como la nuestra, no prenden luces de alarma. La sociedad no sale al paso de las tragedias que se avizoran a lo lejos. Más bien pareciera que es más sencillo acompañar a un joven delincuente en el camino hacia su propia muerte, castigándolos por cada delito, de menor a mayor gravedad, hasta el final. El caso de Christa Pike tiene eso de doloroso. No obstante trabajar en un centro de ayuda a jóvenes de escasos recursos y tener un estímulo humanitario para hacer una buena vida, fue hundida por su propio pasado.
Por Álvaro Ortúzar, abogado
COMENTARIOS
Para comentar este artículo debes ser suscriptor.
Lo Último
Lo más leído
Algunos leen, otros se informan. Aprovecha esta oferta única.
Plan Digital+$4.120 al mes, de aquí hasta fin de año SUSCRÍBETE

















