Opinión

Pobres y felices

ÁLVARO CARTER Dedvi Missene

Durante los ajetreos del cambio de mando, Álvaro Carter, el diputado republicano, fue requerido por la prensa en el exterior de La Moneda. Carter pronosticó que los resultados de la gestión que comienza se verían dentro de un año y rematando con una frase inquietante: “Ese país que queremos de vuelta, de hace 10 años, quizás un país más pobre, pero un país más feliz. Eso es lo que queremos”. Las palabras del diputado republicano dejan un amplio espacio de duda sobre los alcances que tendrá el eslogan de “gobierno de emergencia”, otra idea escasamente desarrollada por el gobierno que recién asume el poder, que más que explicar razones, evoca sensaciones ambientales difusas: estimula la idea de estar en medio de una catástrofe generalizada, un caos en curso, algo que en los hechos no es tal.

La astucia del sector político que asumió el gobierno ha sido responder con promesas de mano dura a la necesidad de orden y seguridad de un amplio sector de la población, subrayándola hasta el cansancio, aunque sin indicar un diagnóstico racional pormenorizado, sino sugiriendo un desplome total, algo que no se corresponde con los hechos. El país tiene muchos problemas, pero no se cae a pedazos; las instituciones están en crisis, pero no han colapsado, y no es justo achacarle la responsabilidad del trance solo al adversario político. “Auditoría”, gritaban los adherentes al Presidente José Antonio Kast que acudieron a acompañarlo la tarde del 11 de marzo en su primer discurso, revelando una demanda por rendir cuentas que es muy necesaria en una sociedad como la nuestra, con una intensa concentración del poder que tiñe de aparente normalidad prácticas de corrupción, de colusión y relativiza al máximo los conflictos de interés, pero el requerimiento estimulado por Kast durante la campaña claramente se volcó sobre el adversario, sin mencionar a su propio sector, que ha tenido muchas velas en todos los entierros. Esa nube de expresiones deshilachadas, a veces insultantes -como llamar “parásitos” a todos los funcionarios públicos-, en discursos sin columna vertebral, acaba con reacciones como el de la muchedumbre en la Plaza de la Constitución pidiendo prisión para el presidente saliente, un despropósito injurioso que el mismo Presidente Kast frenó, pero que se explica justamente porque los espacios que deja ese enjambre de frases huachas acaban llenándose con bulos y medias verdades difundidas por industrias de bots y comentaristas sin escrúpulos. Es un patrón que se repite en distintos países con liderazgos similares de ultraderecha, grupos que han sabido sembrar durante los ciclos de frustración y cosechar en temporada de hastío.

Cierta política tiene la cualidad de ablandar las palabras y sus significados como si estuvieran hechas de plastilina, y ofrecerlas al público como espejos en donde cada uno ve la solución a sus propias necesidades, culpando lo que esté más a mano. Las palabras son primero sometidas a un tratamiento que las vuelve unidimensionales, despojándolas de toda complejidad, fundiéndolas en una aleación especial de aspecto opaco que impide ver las posibles contradicciones que habrá entre los discursos y las acciones. Enseguida son dispuestas en arengas y proclamas, repetidas en alocuciones como un rastro de migas que dibuja un camino -al estilo Hansel y Gretel- y que al mismo tiempo es una carnada. Durante la última década, y a escala global, este ejercicio ha ocurrido con dos palabras en particular: patria y libertad o libertad y patria, para no evocar fantasmas. Como si se tratara de alquimia discursiva en nombre de esas palabras es posible ejecutar acciones que de otra manera resultarían contradictorias, como, por ejemplo, rendirle pleitesía a una potencia extranjera hasta el límite del ridículo -como lo ha hecho el Presidente Javier Milei con el Presidente Trump, dos referentes del Presidente Kast- bajo la excusa de hacer nuevamente grande a Argentina. ¿Es patriótico ofrendarle compromisos sobre recursos como las tierras raras a un líder que califica a sus vecinos del sur como su patio trasero?

El estilo de Donald Trump ha hecho escuela en Latinoamérica con su manera de usar la democracia y exprimirla usando una receta tóxica que ofrece como futuro un pasado idealizado, de grandeza remota y un conjunto de palabras que se repiten como sonajero de cascabel. Lo que Trump o Javier Milei les dicen a sus ciudadanos es: alguien te está quitando algo y yo lo voy a castigar si me das tu voto. Para los estadounidenses ese “alguien” son los inmigrantes, los progresistas (ellos les dicen “liberales”), Greta Thunberg, el islam en sus distintas vertientes y el progreso chino. Para los argentinos ha sido el peronismo, algo llamado “la casta”, la salud pública, la educación pública, el cine local y los inmigrantes morenos de países fronterizos. Para los estadounidenses, el tiempo remoto de grandeza es la nación pujante de posguerra; para los argentinos, un período en el que hubo un ranking que situó al país como parte del mundo desarrollado. En Chile la receta aplicada combina la realidad del auge del crimen organizado y la inseguridad, con la crisis migratoria, sumando al bando de los enemigos a los funcionarios públicos y a “los zurdos”, en general. El problema de la receta de Trump aplicada a nuestro caso es encontrar un punto idealizado de la historia en donde poner la bandera de retorno, a qué período correspondería, porque el más luminoso en términos de crecimiento es justamente la época en la que el sector del actual gobierno era una oposición despiadada. O tal vez tienen alguna preferencia anterior a 1990 que no han confesado en público.

No es un buen augurio que entre tanta palabra vacía de precisión articulada la única promesa de futuro sea un gobierno de emergencia para un país “más pobre, pero feliz”. Es una liviandad que no se puede permitir un gobierno elegido para ofrecer orden, es cierto, pero también para brindar certeza de progreso y prosperidad.

Más sobre:Gobierno de emergenciaJosé Antonio KastÁlvaro CarterÓscar Contardo

Casi nadie tiene claro qué es un modelo generativo. El resto lo leyó en La Tercera

Plan Digital + LT Beneficios$6.990 al mes SUSCRÍBETE