Puntos sobre el patriotismo



Por José Miguel Serrano, economista

En momentos de confusión y dificultad nacional, es bueno apreciar todas las cosas maravillosas que nos ha legado nuestra patria. No solo su paisaje físico extraordinario -desde el mítico desierto del norte hasta los misteriosos bosques templados del sur-, sino también su gente, variadas culturas, colores y costumbres, que nos colman de satisfacción y orgullo. Y claro, ahí están las instituciones republicanas que fuimos construyendo durante muchas décadas de esfuerzo; ellas persisten y se robustecen con el aporte de todos, pero no horadándolas como algunos han intentado últimamente.

Reconocer y aceptar lo anterior puede considerarse como patriotismo, y en nuestro particular momento histórico, es una realidad que tiene importantes atributos positivos; especialmente ahora cuando celebramos el 18 de septiembre. Patriotismo puede entenderse entonces como un sentimiento que intenta convertir los vínculos de fraternidad y solidaridad entre los ciudadanos, en fuerzas que sostienen la libertad, en lugar de fomentar la división y la agresión. Para los patriotas el valor principal es la república y la forma de vida libre que ésta permite. Así, se traduce en un amor generoso hacia todo lo que conforma la esencia nacional: su gente, sus símbolos más representativos, tradiciones, geografía y sistema unitario de vida.

Los valores primordiales son la unidad espiritual y cultural del pueblo -dentro de la diversidad cultural que nos caracteriza-, lo cual en principio parece beneficioso. Sin embargo, este tipo de pensamiento puede llevar una cierta “lealtad incondicional” o sectarismo que no es conveniente, y es precisamente lo que no deseamos para Chile, pues los fundamentalismos nunca son buenos, vengan de donde vengan.

En contraposición, tenemos la idea de que la patria es inseparable de la República, de la virtud cívica entendida como amor a la libertad común y a las instituciones que la sustentan. Su fin es la libertad, que implica la posibilidad para todos de vivir sus vidas como ciudadanos sin ser oprimidos al negárseles sus derechos políticos, civiles, sociales o culturales. Ante una situación de crisis -como la vivida en los últimos años-, apelar al patriotismo, al amor patrio, aporta una gran fuerza unificadora y movilizadora, poniendo énfasis en los derechos igualitarios de toda la ciudadanía (no promoviendo la creación de grupos privilegiados, étnicos, sociales u otros), y evitando fomentar ambientes donde pueda florecer el fanatismo y sus negativas consecuencias.

Es más, dicho ideario positivo del patriotismo permite superar el tradicional monopolio que han querido ejercer sectores radicalizados de la sociedad sobre el concepto de nación y el Estado que la representa, reemplazando sus propuestas por una herramienta intelectual y política centrada en la noción de la República, es decir, en el patriotismo de la libertad y su filosofía unitaria. En suma, el amor a la patria es una forma de humanidad o devoción, un afecto que puede llevar a los ciudadanos a servir el bien común.

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