Ernesto Águila

Ernesto Águila

Analista político

Opinión

¿Qué oposición?

El ministro de Educación, Gerardo Varela. Foto: Agenciauno

La segunda administración de Bachelet puso al descubierto una gran intolerancia de la derecha chilena hacia cualquier propuesta que busque gobernar nuestra sociedad fuera del dogma neoliberal. Esas visiones solo podrían venir de sectores sobreideologizados, como lo acaba de señalar el ministro Varela al referirse en duros términos a la gestión del gobierno anterior en educación. Acusar de “ideológicos” los planteamientos de los demás es ya un tópico, así como declarar la “muerte de las ideologías” cuando parece que la de uno va ganando y tratar de hacer pasar la propia como un asunto técnico o de la naturaleza de las cosas.

Pero lo que importa aquí no son las declaraciones del ministro, sino algo más de fondo: ¿es posible una alternancia democrática entre gobiernos, como el actual, que pretenden resolver los problemas del neoliberalismo con más neoliberalismo y otros que propongan una salida a éste, es decir, un pacto político y social posneoliberal? En educación, por ejemplo, ¿es posible estar contra el lucro y el copago, y a favor de la no selección, la educación gratuita y el fortalecimiento de la educación pública, sin ser considerado un termocéfalo sobreideologizado? No es obvio.

Esta crispación que se instaló en la derecha a partir del gobierno anterior se ha traspasado hacia la oposición. El blanco ha sido ahora el PS, el cual ha definido una forma de oposición que consiste en marcar las diferencias con las propuestas del gobierno y, además, fiscalizar sus acciones, cuestiones que son más o menos lo que todos los manuales de ciencia política dicen que debe hacer una oposición. Bobbio siempre se encargaba de recordar que los acuerdos en política eran bienvenidos pero que la esencia de la democracia era la capacidad de vivir y dirimir diferencias. Lo propio de la democracia era que las diferencias se podían saldar contando cabezas y no cortándolas. Dicho en otros términos, el “antagonismo democrático” es consustancial a una democracia madura. No es el “club de la pelea”: es devolverles a los conflictos sociales representación real en la esfera de lo político.

Por otra parte, la derecha también se muestra incómoda con el debilitamiento de las formas elitarias de la transición y del binominalismo. Esa foto, convenientemente filtrada, de los jefes de las bancadas de senadores de todo el espectro político saliendo de la casa del ministro Chadwick luego de una “reunión reservada”, remite a una época menos plebeya y republicana que la actual. Un tiempo que la elite mira con nostalgia pero que no volverá.

La solidez de nuestra democracia no se jugará en la negación de la conflictividad o del rol de la oposición, sino en su capacidad de aceptar que existen proyectos diferentes de sociedad que pueden convivir y antagonizar de manera democrática.

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