Para recuperar la confianza perdida

Gente AFP

Foto: Andres Perez/ La Tercera



Uno de los desafíos más significativos del momento actual consiste en reparar un tejido social que ha quedado herido por la desconfianza. Quizás la consecuencia de largo plazo más dañina del estallido sea que ésta se ha multiplicado en un país donde ya era muy alta antes del 18 de octubre. No solo el recelo hacia las instituciones, sino también el interpersonal.

Diversos estudios muestran que en Chile las personas desconfían del que es distinto. Todo indica que actitudes que a simple vista son caracterizadas como puramente clasistas, en realidad se deben a esa distancia insalvable que sentimos respecto del otro al que no conocemos. Y que es la clase media donde esa realidad se encuentra más arraigada.

Allí donde la desconfianza es elevada, la asociatividad es menor: la gente interactúa menos con aquellos que no son sus similares, porque los considera como una potencial amenaza. Ingredientes clave de la desconfianza son la inseguridad y un Estado que no actúa como árbitro imparcial. Como en los últimos dos meses en Chile se ha polarizado el debate, aumentado la violencia y el Estado parece débil, resulta muy probable que la confianza haya decaído aún más entre nosotros.

Las consecuencias son que la gente se retrae a su núcleo más cercano, se refuerza el individualismo; disminuye la posibilidad de emprender proyectos con extraños, actuar en comunidad y cruzar fronteras imaginarias.

En un ambiente así, los eventuales escenarios no son optimistas. Por un lado, se hace posible que el control quede en manos de una oligarquía indiferente, que es lo que, en buena medida, vivimos hasta el 18-O; por otra parte, puede generarse un clima de lucha de clases, que es el objetivo evidente de algunos sectores que buscan extremar el odio; por último, resulta probable que surja un Estado supuestamente salvador dotado de un enorme poder burocrático que termine asfixiando a la comunidad. En los tres casos, la esfera civil se ve debilitada, ya sea porque es ignorada por una élite egoísta, porque padece en un conflicto entre los que tienen y los que no, o porque es subyugada por un Estado omnipotente. Sin confianza, la sociedad se reseca por dentro, pierde vitalidad.

Una forma de comenzar a revertir este panorama es contar con una política de mejor calidad. Si fue la mala política la que nos metió en este lío, la buena debe ser la encargada de sacarnos de él. Es necesario recuperar virtudes como el espíritu de servicio, el realismo y la prudencia para fomentar un debate donde el público pueda reconocerse e identificarse. Solo así la política será capaz de encontrar soluciones comunes, negociadas y concretas en el marco de instituciones legitimadas. Si la política no recompone pronto lo público, será difícil que retorne la confianza perdida.

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