Renuncias



Por Alfredo Jocelyn-Holt, historiador

No termina por sorprender. Si hasta Pablo Iglesias lo dijo y bien claro esta semana: “Cuando uno deja de ser útil, tiene que saber retirarse”. Ya antes, su socio chileno, Giorgio Jackson vio la luz, y optó por estudiar fuera. Lo que es su otro compinche, Boric, siempre ha tenido la duda de si no sería mejor dedicarse a escribir poesías. Y no digamos que precedentes -renuncias de peso en el último tiempo- sean del todo inconcebibles. Las de Benedicto XVI, del rey de España, y de Angela Merkel, vienen a la mente. No, si lo insólito es que Piñera no se dé aún por enterado ni le hayan destituido. Sigue en La Moneda creyéndose útil, sin entregar siquiera parte de su poder a, por ejemplo, un poderoso ministro del Interior. ¿El mundo al revés, “Chile All Ways Surprising”, y eso otro también muy nuestro, que el orden siempre prevalece, las instituciones funcionan? Sí, a no ser que, en efecto, como todo lo nuestro ahora último, la explicación resulte más enredada.

Hay quienes dicen que da lo mismo que Piñera siga o no en el cargo, su gobierno terminó: hace concesiones una y otra vez, cede y lo presionan más. Es cierto, aun cuando también puede ser que nadie quiera o sea capaz de hacerse cargo del país en las actuales circunstancias, en cuyo caso el peso de la inercia siga incidiendo. Debilitado, aunque no mortalmente, algo del respeto sacrosanto para con la Presidencia, como también el temor a un desborde institucional, parecieran perdurar. Es que despreciar a Piñera puede llevar a error. Es curiosa la fascinación que produce el poder, en especial para con hombres ricos. Humillarlos y prolongar su sufrimiento es una tentación, aunque también se les cree todopoderosos y, por lo mismo, no se les deja de temer. De irse con todo en su contra, la adversidad puede jugarles a su favor, hacerlos remontar y permitir que salgan airosos (Piñera se ha zafado muchas otras veces).

Quizás, además, se equivocan quienes lo confunden con la Presidencia de la República. Piñera está sumo debilitado, no en cambio la institución que lo avala. No del todo, por lo que continúa operando aunque erráticamente. Por de pronto, permite cargar con una autoridad sin apoyo político, inepta, devenida en inútil, marcando horas, incapaz de mantener el orden público o tolerando que militares condicionen su salida a la calle, aun cuando no deja de hacer valer visos de una legitimidad todavía en pie. Lo cual es una paradoja mayúscula si no una falla descomunal.

Y es que en eso estamos. En que Piñera no renuncia. Se aferra al poder como sea. De él no podría decirse nunca lo que señala Virgilio de esos otros y otra liga: “la preocupación por la victoria es tanto mayor cuanto más grande es el amor a la gloria”. Piñera será un winner, pero nunca ha tenido estatura ni para glorias ni grandezas. Muy del Chile de hoy.

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