Rusia, Ucrania y la disolución del Imperio

Rusia mueve sus fuerzas militares ante un eventual conflicto con Ucrania. Foto: Reuters


Por Tomás Villarroel, profesor Facultad de Artes Liberales Universidad Adolfo Ibáñez e investigador asociado Fundación P!ensa

Hace casi exactamente 30 años la Unión Soviética exhaló por última vez, expirando finalmente en diciembre de 1991. Casi de manera coincidente con esta efeméride de los 30 años, el Presidente de Rusia ordenó aumentar la presión militar sobre Ucrania (la “pequeña Rusia”), movilizando a más a de 100.000 soldados (cifra que podría aumentar al doble en los próximos días) para rodearla desde la frontera ruso-ucraniana, desde Bielorrusia -a esta altura apenas un vasallo del gran hermano ruso- y desde el Mar Negro. El panorama es –diplomacia, reuniones y disputas de por medio– sombrío y ninguna de las partes, partiendo por el mismo Putin, parece querer ceder.

La coincidencia de los 30 años del fin de la URSS con el incremento de la actual amenaza militar sobre Ucrania podría dar pie para la siguiente suspicacia: si acaso solo se trata de una coincidencia. Pero más allá de toda especulación, el complejo escenario actual sugiere la siguiente pregunta: ¿es posible interpretar la escalada y el posicionamiento amenazante de Rusia como una esquirla de la disolución de la Unión Soviética en 1991? Dicho con otras palabras, ¿hubo algo en el fin de la URSS y en lo que pasó en los años 90 que pudiera haber gatillado un anhelo por la actual performance internacional de Rusia?

Una arista dice relación con el vacío que dejó en la población rusa la disolución de la Unión Soviética después de la euforia inicial en 1991 y 1992, vacío que fue poblado por la nostalgia y la melancolía. Así, la idea del Imperio Soviético -y de su grandeza- en vez de difuminarse con el paso del tiempo, permaneció en la cabeza de muchos rusos como imaginario de una grandeza y estabilidad perdida. La bielorrusa premio Nobel de Literatura, Svetlana Alexievich, cuenta cómo este “Homo Sovieticus” desesperó ante el dilema del pluralismo en la época postsoviética, al abrir por la mañana tres periódicos distintos y encontrarse con tres narraciones diferentes del mismo suceso (en este caso la guerra en Chechenia). Antes –en la época soviética– se abría por la mañana el diario oficial Pravda, se encontraba la verdad y todo estaba bien. El historiador Karl Schlögel muestra, por su parte, cómo en la época postcomunista de los años 90 proliferaban los mercadillos o bazares en los que se vendían objetos simbólicos de la época anterior (documentos oficiales, banderas comunistas, medallas y condecoraciones etc.) o de la vida privada (enseres domésticos y fotos o álbumes familiares). Y que, si bien esto se hacía por necesidad en una época de precariedad, también machacaba la idea en la población media de que en esos bazares se estaban “liquidando el Imperio” y las memorias familiares o individuales como una baratija. El resultado habría sido una sensación de humillación y melancolía, reforzada por el “síndrome de la amputación”, que consistiría en el dolor por la pérdida de las naciones y territorios -entre ellos Ucrania- que antes fueron parte de los imperios soviético y ruso-zarista.

No en vano Vladimir Putin declaró hace tiempo que la peor catástrofe del siglo XX fue la disolución de la Unión Soviética. Esta visión de la historia y la actual pose matonesca en los bordes de Ucrania se alimentan de estos sentimientos rusos. Putin parece encarnar el anhelo y la ilusión rusa de poder recobrar algo perdido: la grandeza nacional y el sentimiento de que la vida soviética – a pesar de la escasez crónica y de la ausencia de libertad –, al fin y al cabo, no fue tan mala.

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